viernes, 12 de febrero de 2010
miércoles, 3 de febrero de 2010
ni hao Sui
Olga Sáez y Blas Bermúdez
(reportaje publicado en julio de 2008)
Plaza de Tiananmen, diez de la mañana, víspera del primero de mayo de 2008, año de la rata, año olímpico en China. Mientras se realizan los preparativos para conmemorar el día de los trabajadores en la plaza más grande del mundo, en el país más habitado del planeta, en una de sus esquinas un grupo de diecinueve familias occidentales se preparan para una foto oficial. Nada nuevo si no fuera porque al frente de esa formación posan también diecinueve niñas cantonesas que estrenan familia. Sentadas en sus sillitas de bebé observan todo lo que les rodea. Todo lo que ven es nuevo y diferente. Lo que les espera es otro capítulo de su historia, aunque todavía no son conscientes. Desde ahí partirán a distintos lugares de todo el mundo para salir del horror de la soledad en la que conviven con 1350 millones de ciudadanos y formar parte de un proyecto de vida. Al fondo, un enorme retrato de Mao Zedong observa la escena sin inmutarse. Es la consecuencia de su política de control de natalidad y unas tradiciones culturales que sitúan a las mujeres en un plano netamente inferior al del hombre. Entre tanto, miles de turistas deambulan cautivados por los 440.000 metros cuadrados de asfalto, ajenos a la realidad de los orfanatos. La mayoría sólo pueden tener un hijo y prefieren que sea biológico. Tiananmen (la puerta de la paz espiritual) es la Meca de los chinos, es la primera imagen que ilustra los libros de enseñanza cuando se produce la escolarización.
Para llegar a la foto de Tiananmen han pasado cuatro años y seis meses desde que iniciamos los trámites burocráticos de la adopción y mucho más tiempo desde que tomamos la decisión. Compartimos muchas horas de charla con nuestros hijos Iñaki y Saioa. Entonces, todavía no existía Sui… nuestra pequeña Sui. Hace apenas trece meses que pasó del útero materno a engrosar la lista de las más de mil niñas que son abandonadas diariamente en China; una cifra similar al número de vehículos que se matriculan a diario en Pekín, una urbe de dieciséis millones de habitantes que se transforma a pasos agigantados para vivir la fiebre olímpica, mientras por la trastienda del país evacuan a miles de niñas con destino a unidades familiares de otros países.
Han pasado cuatro años y seis meses en los que la ilusión de aquellos primeros días se había ido marchitando y en muchos casos las circunstancias familiares eran otras. La voluntad seguía siendo firme pero tropezaba a menudo con el desaliento y la desesperación. A veces, incluso, se refugiaba en el olvido, totalmente arrinconada por el vértigo de la vida diaria. Aunque los niños se encargaban periódicamente de preguntar por la chinita: ¿Cuándo va a venir?
Hasta que un buen día, uno de esos que parece destinado a no pasar a la historia de nadie por su condición de rutinario, recibes una llamada de alguien que se llama María. No consigues asociarla a ningún conocido hasta que oyes la palabra adopción. A partir de ese momento se acumulan y entremezclan las sensaciones sin orden ni jerarquía. No sabes exactamente lo que sientes. Es la representante de la Asociación para el Cuidado de la Infancia que se dispone a dar la buena noticia. Nos comunica, no sin cierto alborozo, el nombre de la niña, la edad, el estado de salud, la provincia desde donde vendrá nuestra nueva hija, la cita para conocer sus primeras fotos y la fecha en la que viajaremos a buscarla, si la burocracia no se retrasa. En unos minutos la cabeza vuelve a dar vueltas como una noria en el tiempo repasando los últimos cuatro años, los trámites, las actas notariales, los sicólogos... En algunos casos incluso han llegado los hijos biológicos deseados a alguna de las familias. En pocos minutos los sentimientos salen del letargo para recobrar la ilusión por la llegada. Es el inicio de un viaje para toda la vida.
Un viaje a un país en el que el férreo control de natalidad que impuso la revolución cultural de Mao y que hoy perdura, chocó contra las tradiciones del pueblo chino amante de las grandes familias que continuaran las dinastías. Pero esa continuidad sólo se da a través de los varones que son quienes conservan el apellido y siguen unidos al clan familiar. Esta circunstancia unida a que sólo puedan tener un hijo tiene consecuencias nefastas para las mujeres. Si le añadimos el hecho de que el trabajo en los campos tiene una componente de fortaleza y resistencia que los chinos sólo atribuyen a los hombres, nos da una conclusión dramática que tiene unas víctimas señaladas: las niñas, que no tienen valor. Son el excedente de una sociedad consumista al por menor, en el corto plazo, cuyo horizonte de futuro está totalmente condicionado por el presente. China exporta muchas cosas, pero sobre todo niñas. Son lo único made in china original y auténtico; posiblemente su producto más genuino y al que menos valor dan.
Pero eso se piensa. Es parte de la historia. La llamada de la ACI marca la realidad y sitúa el momento en el que verdaderamente se inicia la cuenta atrás para viajar hacía un destino desconocido en lo geográfico y mucho más desconocido en lo personal. No hay dudas, pero sí temores. ¿Quién será? ¿Cómo será el encuentro? ¿Se adaptará bien? ¿En qué condiciones estará? ¿Serán fiables los informes que han mandado los chinos? ¿Serán verdad todas las cosas malas que cuentan? Y lo más importante: ¿Estará bien de salud?
Esta última es la gran pregunta entre los padres adoptantes que después de años de recopilar papeles, certificados, visados y todo tipo de documentos llegamos a la etapa final que no es sino el principio.
Este largo proceso ha supuesto para nosotros un via crucis emocional. Aunque nos hemos encontrado con padres adoptantes que habían sufrido un auténtico calvario de hasta nueve años de tramites y cambios de países. Muchos más de los que lo confiesan han tenido hijos biológicos en este tiempo. Algunos han renunciado a la adopción y otros no. Por eso, muchos se cuestionan no sin cierta ironía la paradoja de que a ningún padre le hacen un test para valorar su capacidad para tener un hijo salvo que vaya a adoptar. Porque, curiosamente, nosotros íbamos pertrechados con un certificado de idoneidad emitido por los servicios sociales de la Diputación que rubricaba nuestra condición de personas preparadas para ser padres de Sui, a pesar de que ya teníamos dos hijos.
El viaje
Durante la larga espera hasta el momento del viaje, cada familia afronta el proceso de forma diferente. Los hay muy previsores que tienen la cuna en la habitación desde el primer día en que han decidió adoptar, hay niñas que tienen nombre mucho antes incluso haber nacido y haber sido abandonadas y otras llevan un par de años con su plaza reservada en una guardería. Esto, sin contar los casos de padres adoptantes que reinician el proceso en China después de haber fracasado en otros países.
Así, con temores similares, ilusiones contenidas y mucho miedo, diecinueve familias de todo el Estado iniciamos, el 18 de abril de 2008, seguramente el viaje más enigmático de nuestras vidas. Éramos de procedencias muy dispares pero con una causa común cuyo destino estaba en Guangzou. La mayor parte se habían juntado en Madrid para iniciar el periplo en grupo. Era uno de tantos grupos de todo el mundo que tienen historias muy diferentes pero que cada día viaja a China con la misma finalidad: encontrarse con su hija.
Después de casi un día de aviones y aeropuertos, por fin llegamos alrededor de las seis de la tarde hora local a Guangzhou, la capital de Cantón. Una región cada vez más industrializada y próspera que compite con el mismísimo Pekín en cuanto a la renta per cápita, que se sitúa en torno a los 400 euros mensuales. Nos encontrábamos al sur de una China urbana y profunda, de clima tropical, lluvias casi torrenciales y una población bulliciosa que impregnaba más que la humedad ambiental. La primera sensación era de caos, seguida de un calor sofocante y un paisaje de horizonte difuminado por la contaminación pero muy colorido por la flora casi selvática que adornaba todos los espacios verdes. Los aguaceros no impedían a sus habitantes hacer la vida en la calle.
Llegamos sólos. Eramos los últimos del grupo que llevaba desde las diez de la mañana en el Hotel de encuentro. En el aeropuerto nos espera Chen Chang, un joven estudiante de Pekín, de 23 años, que chapurrea málamente el español y no entiende nada de cantonés, como él mismo confiesa. Posteriormente supimos que además del mandarín, que es el idioma oficial de China, con él coexisten otros tres idiomas con caracteres propios y lenguaje diferente, que son el tibetano, el mongol y el manchú, además de miles de dialectos. Y por si esta característica diferencial no es suficiente, el puzzle chino se complementa con cincuenta y cinco étnias diferentes que, por el peligro de extinción que corren, gozan de unos privilegios capados para el resto de la población. Estas étnias no están sujetas a ningún tipo de control de natalidad.
Chen Chang, que se presenta ante nosotros como Antonio, es el encargado de acompañarnos al hotel donde nos encontraremos todos los padres. A lo largo del trayecto nos va explicando que Guangzhou se encuentra en el sur, apenas a ciento cincuenta kilómetros de Hong Kong, y serpenteada por el río Perla. Tiene unos diez millones de habitantes y es la capital de una provincia famosa por su cocina y por tener a las mujeres autóctonas más guapas de toda China. Zona de grandes cultivos, el arroz está presente en todas las comidas del día. Las verduras “al dente” conforman un kaleidoscopio multicolor presente en todas las mesas. Pescados a la brasa, carnes sin grasa, pollos exquisitos y patos a la cantonesa conforman un mapa gastronómico único en el mundo.
Guangzou es también conocida como la ciudad de las flores porque su clima tropical ejerce un efecto invernadero en el que se desarrolla multitud de flora de los colores más variopintos.
Llegamos al hotel después de casi una hora de tráfico caótico, cruces de alto riesgo y encrucijadas sin rumbo, pero ni un solo frenazo. A pesar de esta fotografía apenas hay accidentes. El tráfico obedece a un orden anárquico en el que conviven coches, carros, bicicletas, transporte público y peatones. El que se adelante un centímetro pasa y los demás no protestan. En China, el que confíe en un paso de peatones para cruzar una calle puede hacerse viejo en el intento.
Encuentro
En el hotel se produce el encuentro con los padres. Hay familias de Andalucía, Madrid, Valencia, Canarias, Zaragoza y País Vasco. Inmediatamente la reunión se convierte en un intercambio de fotos, surgen los primeros miedos, preguntas... Nos quedan apenas veinticuatro horas para el encuentro con las niñas que proceden de nueve orfanatos diferentes, de los 49 que existen en Cantón. Sui y otras dos niñas vienen de uno situado a cinco horas de viaje desde Guangzou, cerca de la frontera con Vietnam.
Es sábado, el primer día de los dieciocho que tendremos que estar en China para arreglar todo el papeleo que permita consumar la adopción legalmente. Este tiempo es además una excusa para conocer las costumbres de esta gente tan diferentes culturalmente a nosotros.
El lunes a primera hora de la mañana los nervios y las tensiones afloran. El hall del hotel es un hervidero de comentarios mientras esperamos al autobús que nos conducirá al registro.
Al mismo tiempo, en otros puntos de la provincia, las niñas y sus cuidadoras están también a punto de llegar al registro procedentes de los orfanatos, en algunos casos a varios horas de distancia de la capital.
Chan, la guía de la Asociación para el Cuidado de la Infancia, trata de distendir la situación y a través del micrófono del autobús nos empieza a introducir en su país, aunque apenas le escuchamos. Lleva cinco años trabajando con la ACI y ha visto adoptar en este tiempo a miles de niñas, aunque también precisa que cada vez son menos. “Aunque hay planes de natalidad, se siguen abandonando, pero también existe el aborto”. Chan nos explica que las diferencias entre zonas campesinas y grandes urbes ha sufrido también variaciones. En las zonas rurales existe cierta permisividad y se autorizan hasta dos descendientes, siempre y cuando el primero de ellos sea niña.
Por contra, en control en las ciudades se ha endurecido. Si alguien se casa antes de los 25 años puede incluso ser expulsado de la universidad. Se puede acceder a un segundo descendiente solicitando un permiso especial y nunca antes de que hayan transcurrido siete años desde el primero. A cambio, el aborto no sólo es legal sino casi “obligatorio”.
A pesar de estas diferencias la mayor parte de las niñas abandonadas proceden de las zonas campesinas cuyo poder adquisitivo y nivel de vida es abismalmente inferior al de las ciudades.
Este es el motivo principal del abandono. Las autoridades llegan a multar con hasta el equivalente a 10.000 euros si tuvieran más de un hijo. Esta cantidad para un sueldo medio de 400 euros (aproximadamente 4.000 yuanes) les arruinaría de por vida.
El grupo es de lo más variopinto. Carlos y Susana, una pareja de sevillanos, tienen ya un hijo de siete años y una niña de dos y medio nacida en este periodo de espera. Ahora van a recoger a su nueva hija de 18 meses. Richi y Marta viajan desde Madrid, con su hijo Juan, un niño de 8 años adoptado en Rumanía. Cuando llegó pensaban que nunca tendría una movilidad completa en las piernas pero ahora, después de varias operaciones, hay que seguirle el ritmo. Otra pareja de gaditanos han dejado en casa un hijo de 18 años; otros canarios de La Palma esperan ver cumplido su sueño después de 9 años de trámites primero en sudamerica y ahora en China. Cada pareja tiene una historia diferente que contar.
Antes las entregas se hacían en el hall de los hoteles pero las protestas de el resto de clientes, mayoritariamente ejecutivos de todo el mundo, han hecho que el ritual se traslade a un local denominado el registro. Tampoco es frecuente que se hagan en los orfanatos. Esto último tiene mucho que ver con la distancia a la que se encuentran de las ciudades.
En el registro nos vamos uniendo, en un hall bastante espacioso, a otros grupos de padres que han llegado antes. Las niñas con sus cuidadoras esperan en una sala desde donde irán saliendo una a una y serán entregadas a sus nuevas y únicas familias. La cuidadora dirá el nombre de la niña y los padres enseñarán la documentación que acredita que es la que tienen asignada. Meilan, Jia, Lixian, Sui... el alboroto, los nervios, las niñas, algunas llorando, los padres también...Es uno de los momentos que nadie puede olvidar. Algunas niñas, las más mayores, no quieren despegarse de sus cuidadoras. Muchas han recorrido un camino de varias horas y están aturdidas, otras presentan evidencias de estar en estado de sock, extrañan su habitat. Todas tienen entre un año y cuatro y sobre todo las más mayores se encuentran fuera de lugar. Sui se hace esperar pero aparece en brazos de su cuidadora como un auténtico ciclón. Casi ausente de todo el maremagnun de padres y niñas lloriqueando está entretenida manoseando y mordisqueando una pequeña bolsa de plástico amarilla. No para de moverse. Gatea para acercarse a todo lo que le llama la atención y mueve la cabeza de uno a otro lado para observar desde su mirilla todo el revuelo que existe en la sala. Por fin se tranquiliza un poco con el chupete y podemos acercarnos hasta el director del orfanato para hacerle entrega de los tres mil euros. Tienen que ser nuevos y posteriores a 1996. Esta es una advertencia que la tenemos bien aprendida. Como la de obsequiarles con algún producto típico. La mayoría llevamos turrón y algún pequeño cosmético. Si el director del orfanato rechazara los billetes por viejos, rotos o pintados no se podría legalizar la adopción. A partir del momento en que se hace el donativo la niña estará ya con familia para siempre, aunque es en los días siguientes cuando se debe realizar todos los papeleos.
Al día siguiente volvemos al registro para formalizar los trámites de adopción. Nos entrevistamos con la secretaria del juzgado y el notario a los que también se hacen los correspondientes pagos y regalos. Es este último quien a través de un acta certifica legalmente la adopción. El tercer día de estancia en China la policía nos facilita una un libro de familia chino. Según nos explica Chan, en realidad se trata más de un souvenir que de un documento oficial pero en cualquier caso es obligatorio hacérselo. Mientras, llevamos dos días disfrutando de Sui. Se ha adaptado perfectamente a nosotros desde el primer momento. Pero no todos los casos son así. Aunque la mayoría de las niñas están bien y únicamente presentan signos de cansancio y extraña, hay una niña que no come desde el día de la entrega. Su madre ha venido acompañada por su hermana (médico), y quieren llevar a la niña a un hospital pero optan por esperar a que lleguemos a Pekin. Al finalizar la semana viajamos a Pekin para recoger los visados. La niña sigue sin comer y las demás se van adaptando poco a poco. Su madre no está dispuesta a seguir en Pekin así que después de pasar por un hospital, consigue que le aceleren todos los papeles para viajar a Madrid. Es un caso excepcional. Algunos padres del grupo siguen muy preocupados por el estado ausente de las niñas. No todas mejoran al mismo ritmo.
Una consulta de una pediatra en el hotel de Pekín ofrece un paréntesis de tranquilidad. Pero la revisión de la pediatra no es suficiente para detectar enfermedades más importantes que no son evidentes. De hecho ocurre en un caso de este grupo y puede que en otros. Una de las niñas presenta unas manchas en la piel que pueden dar lugar al desarrollo de una enfermedad en el futuro. Pero eso se le detecta cuando llega a su comunidad autónoma. En otro de los grupos con el que coincidimos en la visita a la muralla nos encontramos a una pareja a la que habían asignado un niño que presentaba evidentes síntomas de deficiencia mental. Tuvieron que afrontar la difícil situación de renunciar a él. Una denuncia de la ACI hizo que a cambio les dieran una niña preciosa y cerraran el orfanato. Pero la huella les quedará para siempre. Hemos conocido más casos de gente que ha renunciado y después de varios años siguen en tratamiento psicológico.
El resto de los días que pasas en China son de adaptación para conocerles, turismo para disfrutar, también para que te conozcan y sobre todo para comprenderles. China es un pueblo muy hospitalario, lleno de contrastes. Es como si dentro de la propia ciudad caminaran a dos velocidades diferentes de desarrollo. Porque en una misma avenida pueden convivir en diferentes carriles coches, trolebuses, bicicletas, carritos destartalados y coches de gran lujo. Sólo un dato. En Pekín circulan a diario más de seis millones de bicicletas.
Después de varios días de turismo y disfrute de Sui volvemos a casa y nos reencontramos con la familia. Ya somos uno más. Ni hao Sui (hola Sui).
P.D.
Sui JiaZhen fue abandonada en la puerta de una sucursal del Banco Agrícola en el condado de Suixi, provincia de Cantón, el 29 de marzo de 2007. Pesaba dos kilos y ochocientos gramos. A pesar de los anuncios oficiales, no fue reclamada por nadie en el periodo legal establecido. Se pasó sus primeros meses de vida en el orfanato. Era casi autosuficiente. Miles de niñas siguen en su situación. Y les sucederán otros miles que aún no han nacido.
El hilo rojo
El expediente de adopción que se va elaborando a lo largo de tiempo de espera es una pequeña radiografía de la familia en todos su aspectos. La primera reunión en la Diputación es únicamente orientativa sobre el país, las características de su burocracia, el tiempo de espera estimado o el coste económico. China se caracteriza por su seriedad en este tema y ese es el motivo fundamental por el que cada año aumentan el número de adopciones en este país. España figura en segundo lugar después de Estados Unidos. Sin embargo, hace sólo cinco años se contaban con los dedos de las manos los niños de origen chino traídos por padres adoptivos españoles. Ahora hay más de dos mil registrados como ciudadanos de pleno derecho, y el número se multiplica cada mes.
El señor Yu Xiaohu representante de la Asociación para el Cuidado de la Infancia en Pekin es el encargado de tramitar en el Centro Chino de Adopción el expediente de cada familia. En él se recoge una carta de manifestaciones, una declaración de bienes, certificados médicos y de renta y por supuesto el informe de los sicólogos del servicio de Infancia de la diputación correspondiente, así como la garantía económica mediante certificado de las empresas. Todos los papeles compulsados ante notario para verificar la autenticidad de las firmas, la falta de antecedentes penales, la solvencia económica y hasta la disponibilidad de sitio para el nuevo miembro del hogar. También en ese expediente se adjuntan fotografías de la familia, la que será su habitación o las aficiones de los otros miembros. Dicen que los chinos tienen una gran creencia en el hilo rojo por lo que en principio la recopilación de todos estos datos tendría una finalidad: buscar la familia más adecuada a cada bebe.
Un hilo rojo invisible conecta a aquellos que están destinados a encontrarse, a pesar del tiempo, del lugar, a pesar de las circunstancias. El hilo puede tensarse o enredarse, pero nunca podrá romperse.
Pero las adopciones en China cada vez se prolongan más en el tiempo y si bien es cierto que las autoridades chinas son rigurosas en el proceso y eso resulta una carta de garantía, la avalancha de solicitudes y los propios efectos adversos de la política del hijo único han hecho que aumenten las adopciones nacionales y que la media de edad de las niñas sea mayor.
En esos cuatro años de larga espera las diecinueve familias que tienen una misma fecha de asignación sólo asistirán a dos reuniones maratonianas donde las sicólogos se disponen a preparar a los padres para el momento del encuentro. Recomendaciones sobre regalos para los orfanatos, orientaciones sobre el dinero...informaciones que quedan almacenadas.
martes, 4 de noviembre de 2008
nacionalismo unamuniano
Ya sé que es una osadía por mi parte tratar de enmendar al mismísimo Don Miguel. Lo hago desde una actitud humilde y respetuosa con su obra y su pensamiento. Nunca le discutiría nada literario. Pero cuando se trata de sentimientos intervienen factores que no siempre encajan en la cuadrícula de ese territorio casi común que es la razón.
También entiendo que su particular “pelea” con el nacionalismo estaba condicionada a una época y a unas circunstancias vitales que le exigieron posicionamientos diversos y no siempre concurrentes. Con el añadido de que en aquella época hasta los que más viajaban, viajaban poco.
Pero a mi me gustaría aportar mi pequeño grano de arena sobre el famoso aforismo unamuniano de que el nacionalismo se cura viajando. Por razones de trabajo y por vocación e inquietud personal me he recorrido algunos países de varios continentes sin que haya encontrado, salvo raras excepciones, a gente que no amara a su tierra, sus costumbres, su lengua, su forma de ser y de sentir...
Al contrario. Siempre he coincidido con personas que han tratado de enseñarme sus bondades, orgullosos de lo que son, de su historia, por breve que esta sea, sus costumbres... y han tratado de explicarme su orgullo de pertenencia. No es que lo suyo fuera lo mejor, pero era suyo, sus raíces, sus antepasados, la naturaleza de sus tierras, su idioma, sus relaciones de vecindario con otros pueblos, el orgullo de enseñar a sus hijos sus tradiciones… Siempre sin cuestionarse si lo que había fuera de ese territorio sentimental, casi genético, era mejor o peor.
He aprendido, con la curiosidad del que quiere ver, escuchar y entender, todo lo bueno que he podido de esos pueblos. Pero sobre todo he aprendido una cosa, lo orgullosos que se sienten de lo que son.
Lo lamento Don Miguel, pero creo que viajando no se cura el nacionalismo. Al contrario, se convierte en una “enfermedad” crónica, de las que usted posiblemente estaba aquejado y por eso renegaba de ella.
La Real Academia lo define muy bien: “Apego de los naturales de una nación a ella y cuanto le pertenece”.
También entiendo que su particular “pelea” con el nacionalismo estaba condicionada a una época y a unas circunstancias vitales que le exigieron posicionamientos diversos y no siempre concurrentes. Con el añadido de que en aquella época hasta los que más viajaban, viajaban poco.
Pero a mi me gustaría aportar mi pequeño grano de arena sobre el famoso aforismo unamuniano de que el nacionalismo se cura viajando. Por razones de trabajo y por vocación e inquietud personal me he recorrido algunos países de varios continentes sin que haya encontrado, salvo raras excepciones, a gente que no amara a su tierra, sus costumbres, su lengua, su forma de ser y de sentir...
Al contrario. Siempre he coincidido con personas que han tratado de enseñarme sus bondades, orgullosos de lo que son, de su historia, por breve que esta sea, sus costumbres... y han tratado de explicarme su orgullo de pertenencia. No es que lo suyo fuera lo mejor, pero era suyo, sus raíces, sus antepasados, la naturaleza de sus tierras, su idioma, sus relaciones de vecindario con otros pueblos, el orgullo de enseñar a sus hijos sus tradiciones… Siempre sin cuestionarse si lo que había fuera de ese territorio sentimental, casi genético, era mejor o peor.
He aprendido, con la curiosidad del que quiere ver, escuchar y entender, todo lo bueno que he podido de esos pueblos. Pero sobre todo he aprendido una cosa, lo orgullosos que se sienten de lo que son.
Lo lamento Don Miguel, pero creo que viajando no se cura el nacionalismo. Al contrario, se convierte en una “enfermedad” crónica, de las que usted posiblemente estaba aquejado y por eso renegaba de ella.
La Real Academia lo define muy bien: “Apego de los naturales de una nación a ella y cuanto le pertenece”.
jueves, 2 de agosto de 2007
miércoles, 1 de agosto de 2007
renuncio al tuteo
La mitad de los adolescentes ha fumado porros y casi un 70% se declara bebedor de fin de semana. Los datos, así puestos sobre papel, han alarmado más aún si cabe a padres y también a profesores. No porque los desconocieran sino porque no se los habían puesto delante de las narices de una manera pública. Estas cifras están ligadas a una consecuencia inmediata: Aumento de violencia en las aulas y falta de respeto total a las canas, ya sean de padres, vecinos, desconocidos o profesores. Y si no que tire la primera piedra aquel que no haya recriminado alguna vez a un adolescente por una acción reprobable y haya recibido por respuesta una impertinencia.
Con esto no quiero, ni mucho menos, meter a todos los adolescentes en los mismos parámetros de comportamiento, pero la magnitud del problema ha llegado hasta el Defensor del Pueblo que ha suscrito la idea de Sarkozy de volver al usted en lugar del tuteo que tanto nos costó conseguir a los de mi generación.
Yo hace ya algún tiempo renuncié a ser amigo de mi hijo por encima de ser padre. En contra de lo que siempre había pensado que debiera ser opté por recolocarme en posición de padre y dejar la amistad para otros foros. Entre otras cosas porque me di cuenta de que en este caso no se cumplía la regla de saber es poder. Es decir que cuanta más complicidad establecía con mi hijo más preso de su confianza me sentía. Esto limitaba enormemente mi capacidad como educador y me convertía en el colega cuyos consejos puedes despachar con un “no me rayes”. Me cercenaba casi el derecho a opinar y por supuesto a educar. Esa amistad con mayúscula me llevaba a responsabilizarme, como cualquier colega suyo, hasta de sus propias impertinencias. Desde entonces decidí ejercer de padre con todo lo que eso tiene de concreto y de abstracto.
Luego lo he comentado con otros padres nada sospechosos de ser autoritarios y me han revelado situaciones parecidas. La última, una madre joven de 35 años, se vio prácticamente autorizando a su hija a emborracharse cuando al cumplir los 17 le pidió permiso para tomar sus primeras cervezas. Al principio pensó que era una gran confianza pero pronto se dio cuenta de que lo único que había hecho era liberarle hasta de la responsabilidad de emborracharse. Ni siquiera tenía que estar esperando a que se le pasara la “kurda” para que no le notara en casa. Y hasta es posible que su madre le diera algo que le pudiera reconfortar pues al fin y al cabo ella le había autorizado.
Bien, pues yo prefiero que tenga la mala conciencia que yo tenía a su edad y que al menos guarde las formas. Quiero, evidentemente, saber que se ha emborrachado, pero también quiero ejercer el derecho de padre a recriminárselo, no a compadecerle.
Por eso, esta vez, y sin que sirva de precedente, creo estar de acuerdo con Sarkozy en que quizás tengamos que volver al usted y tutearnos menos. Sólo con el fin de respetaros más, hasta en las diferencias.
Con esto no quiero, ni mucho menos, meter a todos los adolescentes en los mismos parámetros de comportamiento, pero la magnitud del problema ha llegado hasta el Defensor del Pueblo que ha suscrito la idea de Sarkozy de volver al usted en lugar del tuteo que tanto nos costó conseguir a los de mi generación.
Yo hace ya algún tiempo renuncié a ser amigo de mi hijo por encima de ser padre. En contra de lo que siempre había pensado que debiera ser opté por recolocarme en posición de padre y dejar la amistad para otros foros. Entre otras cosas porque me di cuenta de que en este caso no se cumplía la regla de saber es poder. Es decir que cuanta más complicidad establecía con mi hijo más preso de su confianza me sentía. Esto limitaba enormemente mi capacidad como educador y me convertía en el colega cuyos consejos puedes despachar con un “no me rayes”. Me cercenaba casi el derecho a opinar y por supuesto a educar. Esa amistad con mayúscula me llevaba a responsabilizarme, como cualquier colega suyo, hasta de sus propias impertinencias. Desde entonces decidí ejercer de padre con todo lo que eso tiene de concreto y de abstracto.
Luego lo he comentado con otros padres nada sospechosos de ser autoritarios y me han revelado situaciones parecidas. La última, una madre joven de 35 años, se vio prácticamente autorizando a su hija a emborracharse cuando al cumplir los 17 le pidió permiso para tomar sus primeras cervezas. Al principio pensó que era una gran confianza pero pronto se dio cuenta de que lo único que había hecho era liberarle hasta de la responsabilidad de emborracharse. Ni siquiera tenía que estar esperando a que se le pasara la “kurda” para que no le notara en casa. Y hasta es posible que su madre le diera algo que le pudiera reconfortar pues al fin y al cabo ella le había autorizado.
Bien, pues yo prefiero que tenga la mala conciencia que yo tenía a su edad y que al menos guarde las formas. Quiero, evidentemente, saber que se ha emborrachado, pero también quiero ejercer el derecho de padre a recriminárselo, no a compadecerle.
Por eso, esta vez, y sin que sirva de precedente, creo estar de acuerdo con Sarkozy en que quizás tengamos que volver al usted y tutearnos menos. Sólo con el fin de respetaros más, hasta en las diferencias.
miércoles, 30 de mayo de 2007
monarcas de sangre roja
Todos los pueblos, en la medida en que vamos conociéndolos, tienen sus propias manías que suelen ser un reflejo de su historia, sus tradiciones y su folklore. En unos son más acentuadas que en otros, y en la mayoría de los casos responden a retratos de “mala leche” acuñados por sus vecinos. Que si unos son tacaños… los otros no saben si suben o bajan la escalera… los de más allá no piensan más que en la chirigota… Pero confieso que a mi lo de los franceses me tiene un poco descolocado.
Hace unos días me puse a hacer zapping y se me repetía la misma imagen prácticamente en todas las cadenas. Según apretaba el botón llegué a dudar de que estuviera sintonizando todo el rato el mismo canal. El nuevo presidente francés, Nicolas Sarkozy, era omnipresente. Lo mismo aparecía con Jacques Chirac, que en un desfile militar, en coche descapotado, en el palacio del Eliseo o preparado con toda la prole para el retrato de familia frente a una legión de fotógrafos.
Pensé en sus antecesores Francois Miterrand o Charles de Gaulle y me vinieron a la cabeza imágenes similares de pompa y boato más propias de monarquías rancias o escaparatistas que de una auténtica república. Es cierto que la república no la inventaron los franceses, pero no es menos cierto que la reinventaron en su versión más moderna.
Siempre he visto esas ceremonias tipo enlaces matrimoniales, sucesiones a la corona, bautizos y demás hitos del calendario aristocrático, de la misma forma que observo un documental de National Geographic sobre Nueva Guinea Papua o una inmersión del Calipso de Cousteau grabando la reproducción de los calamares.
Hay países que aceptan mantener esos linajes para alimentar la devoción del pueblo, y hay otros como los norteamericanos que se mueren de envidia por no tenerlos. Pero de los franceses no me esperaba una cosa así. Lo que vi se parecía más a una ceremonia de coronación que a la toma de posesión de un presidente republicano, de un representante elegido por el pueblo.
El otro día escuché a una persona de talento al que admiro intelectualmente que la coherencia tiene que ser una amalgama entre lo que se piensa y la forma en que uno actúa. Y no puedo estar mas que de acuerdo con él.
En definitiva, creo que tenía razón aquel “loco” inglés, un tal Shakespeare que comparte gloria universal con Cervantes, aunque cada uno en su propio idioma, cuando decía lo del “ser o no ser”. Aunque me quedo con la versión más castiza que dice:
¡Se es o no se es!
¡Los monarcas tienen sangre azul y los republicanos roja!
Hace unos días me puse a hacer zapping y se me repetía la misma imagen prácticamente en todas las cadenas. Según apretaba el botón llegué a dudar de que estuviera sintonizando todo el rato el mismo canal. El nuevo presidente francés, Nicolas Sarkozy, era omnipresente. Lo mismo aparecía con Jacques Chirac, que en un desfile militar, en coche descapotado, en el palacio del Eliseo o preparado con toda la prole para el retrato de familia frente a una legión de fotógrafos.
Pensé en sus antecesores Francois Miterrand o Charles de Gaulle y me vinieron a la cabeza imágenes similares de pompa y boato más propias de monarquías rancias o escaparatistas que de una auténtica república. Es cierto que la república no la inventaron los franceses, pero no es menos cierto que la reinventaron en su versión más moderna.
Siempre he visto esas ceremonias tipo enlaces matrimoniales, sucesiones a la corona, bautizos y demás hitos del calendario aristocrático, de la misma forma que observo un documental de National Geographic sobre Nueva Guinea Papua o una inmersión del Calipso de Cousteau grabando la reproducción de los calamares.
Hay países que aceptan mantener esos linajes para alimentar la devoción del pueblo, y hay otros como los norteamericanos que se mueren de envidia por no tenerlos. Pero de los franceses no me esperaba una cosa así. Lo que vi se parecía más a una ceremonia de coronación que a la toma de posesión de un presidente republicano, de un representante elegido por el pueblo.
El otro día escuché a una persona de talento al que admiro intelectualmente que la coherencia tiene que ser una amalgama entre lo que se piensa y la forma en que uno actúa. Y no puedo estar mas que de acuerdo con él.
En definitiva, creo que tenía razón aquel “loco” inglés, un tal Shakespeare que comparte gloria universal con Cervantes, aunque cada uno en su propio idioma, cuando decía lo del “ser o no ser”. Aunque me quedo con la versión más castiza que dice:
¡Se es o no se es!
¡Los monarcas tienen sangre azul y los republicanos roja!
jueves, 3 de mayo de 2007
expresion y comprension
HAY que ver lo que han cambiado las formas de expresión y comprensión de las nuevas generaciones. Las palabras “comodín” se han propagado exponencialmente entre todas las tribus urbanas hasta el punto de que para hablar entre ellos ya no necesitan siquiera las mil palabras del tal Maurer, ese del método express para aprender idiomas.
¿He dicho mil?… pues quería decir diez.
Estoy seguro de que con diez términos algunos jóvenes de hoy podrían desarrollar todo el contenido de las catilinarias, dejando a Cicerón como un párvulo. Y es que con dos expresiones se lo han dicho casi todo. Las otras ocho las saben por si acaso.
Por no hablar de esos mensajes encriptados que se envían a través de los móviles. Ni siquiera utilizan las palabras. Las vocales han desaparecido. Las “qu” se convierten en “k”, los acentos y las comas no existen, “también” se transforma en “tb” y así sucesivamente. El resultado no es otro que una sopa de letras imposible de descifrar. Y todo ello con apenas media docena de caracteres. Como dice un amigo mío, no sé si son personas de pocas palabras o de dedos gordos.
El problema de utilizar tanta economía de lenguaje, como el de utilizar las calculadoras, es que como te empiecen a explicar las fases de desarrollo para obtener esos resultados, es muy probable que no te enteres de nada. Cuando te das cuenta hablas otro idioma. Es como la versión oral del telegrama elevada al rango de lengua. Y ese sí es un problema.
Creo que en el mundo del periodismo está apareciendo un fenómeno similar impulsado por eso que llaman “gratuitos” y que se parecen más a un folleto de ofertas de cualquier hipermercado
que a un medio de comunicación.
El periodismo se ha caracterizado históricamente por el lenguaje sencillo y práctico. Su esencia ha sido ir siempre al grano. En los años sesenta hubo profesionales que incorporaron algunos aspectos literarios a sus crónicas aportando cierto color a la sobriedad de los textos que
se limitaban a narrar los hechos. A ese movimiento se le denominó el “nuevo periodismo”.
Pues ¡erre que erre! estos “gratuitos” quieren volver a las andadas y los jóvenes “tb”. Las consecuencias de esta nueva tendencia son cada día más evidentes.
El otro día me explicaba una amiga profesora que se las pasaba canutas para ayudar a sus hijos a estudiar. Estaba bregando con el mayor, de diecisiete años, a cuenta de un texto de Garcilaso de la Vega. Trataba de explicarle lo que es una metáfora, cosa que por lo visto está reñida con el lenguaje moderno. Mi amiga quería transmitirle la forma de expresar madurez, canas, experiencia de la vida… en fin, que analizara la riqueza del lenguaje para decir cosas que no están en la literalidad de las palabras
¿Qué te sugiere –le preguntó– cuando alguien dice que una persona tiene “las sienes plateadas”?
Después de pensárselo un buen rato, al chaval le entró repentinamente la inspiración.
¡Ah! –dijo–, ¡que tiene caspa!
Creo que el lenguaje express y la literatura son irreconciliables. Entre los jóvenes y entre los “gratuitos”.
¿He dicho mil?… pues quería decir diez.
Estoy seguro de que con diez términos algunos jóvenes de hoy podrían desarrollar todo el contenido de las catilinarias, dejando a Cicerón como un párvulo. Y es que con dos expresiones se lo han dicho casi todo. Las otras ocho las saben por si acaso.
Por no hablar de esos mensajes encriptados que se envían a través de los móviles. Ni siquiera utilizan las palabras. Las vocales han desaparecido. Las “qu” se convierten en “k”, los acentos y las comas no existen, “también” se transforma en “tb” y así sucesivamente. El resultado no es otro que una sopa de letras imposible de descifrar. Y todo ello con apenas media docena de caracteres. Como dice un amigo mío, no sé si son personas de pocas palabras o de dedos gordos.
El problema de utilizar tanta economía de lenguaje, como el de utilizar las calculadoras, es que como te empiecen a explicar las fases de desarrollo para obtener esos resultados, es muy probable que no te enteres de nada. Cuando te das cuenta hablas otro idioma. Es como la versión oral del telegrama elevada al rango de lengua. Y ese sí es un problema.
Creo que en el mundo del periodismo está apareciendo un fenómeno similar impulsado por eso que llaman “gratuitos” y que se parecen más a un folleto de ofertas de cualquier hipermercado
que a un medio de comunicación.
El periodismo se ha caracterizado históricamente por el lenguaje sencillo y práctico. Su esencia ha sido ir siempre al grano. En los años sesenta hubo profesionales que incorporaron algunos aspectos literarios a sus crónicas aportando cierto color a la sobriedad de los textos que
se limitaban a narrar los hechos. A ese movimiento se le denominó el “nuevo periodismo”.
Pues ¡erre que erre! estos “gratuitos” quieren volver a las andadas y los jóvenes “tb”. Las consecuencias de esta nueva tendencia son cada día más evidentes.
El otro día me explicaba una amiga profesora que se las pasaba canutas para ayudar a sus hijos a estudiar. Estaba bregando con el mayor, de diecisiete años, a cuenta de un texto de Garcilaso de la Vega. Trataba de explicarle lo que es una metáfora, cosa que por lo visto está reñida con el lenguaje moderno. Mi amiga quería transmitirle la forma de expresar madurez, canas, experiencia de la vida… en fin, que analizara la riqueza del lenguaje para decir cosas que no están en la literalidad de las palabras
¿Qué te sugiere –le preguntó– cuando alguien dice que una persona tiene “las sienes plateadas”?
Después de pensárselo un buen rato, al chaval le entró repentinamente la inspiración.
¡Ah! –dijo–, ¡que tiene caspa!
Creo que el lenguaje express y la literatura son irreconciliables. Entre los jóvenes y entre los “gratuitos”.
viernes, 30 de marzo de 2007
paginas en blanco
No pretendo desvelar a nadie que las relaciones entre padres e hijos son difíciles. Para que sean fluidas, sensatas, razonables y carentes de cierta dosis de incomprensión exigen unos decodificadores todavía no inventados. Seguramente porque no existen. Cada cual vive su experiencia y desarrolla sobre la marcha su capacidad de improvisación. Y lo curioso es que no se trata de aprender de la experiencia ajena, sino de la propia. Todos los que somos padres hemos sido hijos y no entendíamos a nuestros padres ni sabemos entender a nuestros hijos. Es una curiosa ley de la naturaleza, una especie de maldición generacional que no acabamos de superar.
No trato en ningún caso de dramatizar y mucho menos de meter a todos en el mismo saco. En esto, como en todo, habrá padres que teoricen sobre la excepcionalidad de su caso, sobre la fluida línea de comunicación paterno-filial que tienen establecida. Otra cosa sería si les preguntásemos a sus hijos.
Tengo un hijo adolescente con el que mantengo mis “tiras y aflojas” con más tendencia a la tensión que a la distensión. Hace un tiempo decidí intentar nuevas alternativas para ver si mejoraba la cosa. Le regalé un libro especial con todas las páginas en blanco, salvo la primera en la que incluí una dedicatoria: “Espero que me lo regales tú a mí dentro de un año con todas las historias que me quieras contar. Las que no quieras contar puedes dejar el espacio en blanco, con un pequeño título, para que yo pueda interpretarlas”.
Fueron transcurriendo los meses y nuestras relaciones seguían en la misma línea. Llegué a pensar que se había olvidado del libro o que lo habría utilizado para cualquier otra cosa ajena a lo que yo esperaba. Con el tiempo, yo mismo me olvidé del asunto.
Pero un día de esos rutinario, que nunca pasaría a la historia personal de nadie, llegué a casa y me vi gratamente sorprendido. Sobre la mesilla de mi habitación había un envoltorio de regalo con un adhesivo en el que se podía leer la frase “para aita”. Era evidente que se trataba de un libro. Abrí el envoltorio y automáticamente ese día paso a ser especial para mi. Era “el libro”. Dudé antes de abrirlo y me deleité por unos instantes recordando el día en que se lo había regalado. Puede que el experimento haya funcionado, pensé.
Abrí la tapa y me encontré con la dedicatoria que yo había escrito. Pasé página y sólo había una palabra: “Hola”.
Fui recorriendo una a una, primero lenta y después rápidamente, las ciento veinte páginas. Estaban todas en blanco. Salvo el “Hola” inicial.
¿Vamos a dejar –pensé- tantas páginas vacías en nuestra vida?
Esa misma noche me puse a llenar las páginas con mis pensamientos y mis sentimientos y dejé espacios en blanco con su pequeño título. En unos días se lo volveré a regalar.
No trato en ningún caso de dramatizar y mucho menos de meter a todos en el mismo saco. En esto, como en todo, habrá padres que teoricen sobre la excepcionalidad de su caso, sobre la fluida línea de comunicación paterno-filial que tienen establecida. Otra cosa sería si les preguntásemos a sus hijos.
Tengo un hijo adolescente con el que mantengo mis “tiras y aflojas” con más tendencia a la tensión que a la distensión. Hace un tiempo decidí intentar nuevas alternativas para ver si mejoraba la cosa. Le regalé un libro especial con todas las páginas en blanco, salvo la primera en la que incluí una dedicatoria: “Espero que me lo regales tú a mí dentro de un año con todas las historias que me quieras contar. Las que no quieras contar puedes dejar el espacio en blanco, con un pequeño título, para que yo pueda interpretarlas”.
Fueron transcurriendo los meses y nuestras relaciones seguían en la misma línea. Llegué a pensar que se había olvidado del libro o que lo habría utilizado para cualquier otra cosa ajena a lo que yo esperaba. Con el tiempo, yo mismo me olvidé del asunto.
Pero un día de esos rutinario, que nunca pasaría a la historia personal de nadie, llegué a casa y me vi gratamente sorprendido. Sobre la mesilla de mi habitación había un envoltorio de regalo con un adhesivo en el que se podía leer la frase “para aita”. Era evidente que se trataba de un libro. Abrí el envoltorio y automáticamente ese día paso a ser especial para mi. Era “el libro”. Dudé antes de abrirlo y me deleité por unos instantes recordando el día en que se lo había regalado. Puede que el experimento haya funcionado, pensé.
Abrí la tapa y me encontré con la dedicatoria que yo había escrito. Pasé página y sólo había una palabra: “Hola”.
Fui recorriendo una a una, primero lenta y después rápidamente, las ciento veinte páginas. Estaban todas en blanco. Salvo el “Hola” inicial.
¿Vamos a dejar –pensé- tantas páginas vacías en nuestra vida?
Esa misma noche me puse a llenar las páginas con mis pensamientos y mis sentimientos y dejé espacios en blanco con su pequeño título. En unos días se lo volveré a regalar.
sábado, 3 de marzo de 2007
uno de enero
CADA uno de enero de los últimos
años nos depara una nueva sorpresa.
Hace tiempo, cada uno era dueño de sí
mismo, de sus grandes vicios y sus pequeñas
virtudes, y se administraba como
buenamente le parecía. Lo dicho,
cada uno de enero se hacía un propósito
de enmienda. Era como si con la Navidad
llegaran las luces, los regalos, el
convencimiento de dejar de fumar,
adelgazar, hacer vida más sana y…
hasta comenzar a hacer ejercicio, más
comúnmente conocido como deporte.
Y al tiempo que las luces se hacían las
sombras. Se volvía a pecar el día dos
del mismo mes y del mismo año.
Como en la confesión de toda la vida,
esa que se hacía en un lateral sombrío
del interior de la iglesia; una zona de
sombra a la que uno se acercaba casi
furtivo escudriñando todo el templo por
si alguien te veía y te reconocía como
pecador. El rito era en una casetilla en
la que “él” entraba por la puerta principal
y tú sólo tenías derecho a arrodillarte
por un costado y susurrar con voz
compungida. Era un tipo vestido de negro
al que conocías perfectamente, y él
a ti, aunque preferíais los dos un tratamiento
más distante, a través de cortinilla,
y con voz ajena al diálogo normal,
más profunda, más espiritual y temblorosa.
Una celosía separaba las palabras
de inspiración divina de las que expresaban
en toda su crudeza los pecados
terrenales.
Siempre he pensado que era una artimaña
perfectamente estudiada para no
tener que verse las caras a la semana siguiente
para decir lo mismo y escuchar
lo de siempre: Pecado, penitencia y
reincidencia. Igual que cada uno de
enero, pero en versión semanal.
Resulta que en los últimos unos de
enero nos han ido cercenando la posibilidad
de la reincidencia y por lo tanto
del placer de pecar de nuevo. Ya no administramos
nuestros vicios porque se
nos imponen lo que la Administración
considera virtudes. Da igual que me haga
el propósito de dejar de fumar. Ya no
me dejan hacerlo en ningún sitio. Da
igual que piense en hacer régimen para
luego saltármelo, porque me amenazan
con no atenderme en la Seguridad Social
por ser negligente conmigo mismo.
Da igual que me prometa no dar un cachete
a mis hijos aunque se lo merezcan.
Si lo hago acabo en la cárcel.
Ya no tengo opciones para tratar de
mejorar. Todo es “así o asau”.
La verdad es que estaba hace días
pensando en todo este tipo de “chorradas”
mientras tomaba un café en un bar.
Esperaba a un amigo. Me fijé en la máquina
del tabaco. Estaba apagada. Llegó
un hombre al que no conocía y le pidió
al camarero que le encendiera la
maquinita para sacar una cajetilla.
“Otra chorrada que han impuesto
desde el uno de enero” –pensé– “para
que los adolescentes no puedan fumar”.
Mientras hacía esta reflexión comencé
a escuchar una especie de estruendo
acompañado de una multitud de lucecitas
de colores. Era la tolva de la máquina
tragaperras. Se estaba liberando de
un peso importante y arrojaba las monedas
hacia una especie de panza abierta,
mientras un joven adolescente las
iba sacando a puñados para dejarlas sobre
el mostrador, contarlas, cambiarlas
por billetes y largarse. El chaval no pasaría
de los quince años. Esa vez se fue
sin poder comprar tabaco, pero con el
bolsillo lleno.
La máquina tragaperras siguió encendida,
la máquina del tabaco apagada,
y yo perplejo.
¿… …?
¿Uno de enero?
años nos depara una nueva sorpresa.
Hace tiempo, cada uno era dueño de sí
mismo, de sus grandes vicios y sus pequeñas
virtudes, y se administraba como
buenamente le parecía. Lo dicho,
cada uno de enero se hacía un propósito
de enmienda. Era como si con la Navidad
llegaran las luces, los regalos, el
convencimiento de dejar de fumar,
adelgazar, hacer vida más sana y…
hasta comenzar a hacer ejercicio, más
comúnmente conocido como deporte.
Y al tiempo que las luces se hacían las
sombras. Se volvía a pecar el día dos
del mismo mes y del mismo año.
Como en la confesión de toda la vida,
esa que se hacía en un lateral sombrío
del interior de la iglesia; una zona de
sombra a la que uno se acercaba casi
furtivo escudriñando todo el templo por
si alguien te veía y te reconocía como
pecador. El rito era en una casetilla en
la que “él” entraba por la puerta principal
y tú sólo tenías derecho a arrodillarte
por un costado y susurrar con voz
compungida. Era un tipo vestido de negro
al que conocías perfectamente, y él
a ti, aunque preferíais los dos un tratamiento
más distante, a través de cortinilla,
y con voz ajena al diálogo normal,
más profunda, más espiritual y temblorosa.
Una celosía separaba las palabras
de inspiración divina de las que expresaban
en toda su crudeza los pecados
terrenales.
Siempre he pensado que era una artimaña
perfectamente estudiada para no
tener que verse las caras a la semana siguiente
para decir lo mismo y escuchar
lo de siempre: Pecado, penitencia y
reincidencia. Igual que cada uno de
enero, pero en versión semanal.
Resulta que en los últimos unos de
enero nos han ido cercenando la posibilidad
de la reincidencia y por lo tanto
del placer de pecar de nuevo. Ya no administramos
nuestros vicios porque se
nos imponen lo que la Administración
considera virtudes. Da igual que me haga
el propósito de dejar de fumar. Ya no
me dejan hacerlo en ningún sitio. Da
igual que piense en hacer régimen para
luego saltármelo, porque me amenazan
con no atenderme en la Seguridad Social
por ser negligente conmigo mismo.
Da igual que me prometa no dar un cachete
a mis hijos aunque se lo merezcan.
Si lo hago acabo en la cárcel.
Ya no tengo opciones para tratar de
mejorar. Todo es “así o asau”.
La verdad es que estaba hace días
pensando en todo este tipo de “chorradas”
mientras tomaba un café en un bar.
Esperaba a un amigo. Me fijé en la máquina
del tabaco. Estaba apagada. Llegó
un hombre al que no conocía y le pidió
al camarero que le encendiera la
maquinita para sacar una cajetilla.
“Otra chorrada que han impuesto
desde el uno de enero” –pensé– “para
que los adolescentes no puedan fumar”.
Mientras hacía esta reflexión comencé
a escuchar una especie de estruendo
acompañado de una multitud de lucecitas
de colores. Era la tolva de la máquina
tragaperras. Se estaba liberando de
un peso importante y arrojaba las monedas
hacia una especie de panza abierta,
mientras un joven adolescente las
iba sacando a puñados para dejarlas sobre
el mostrador, contarlas, cambiarlas
por billetes y largarse. El chaval no pasaría
de los quince años. Esa vez se fue
sin poder comprar tabaco, pero con el
bolsillo lleno.
La máquina tragaperras siguió encendida,
la máquina del tabaco apagada,
y yo perplejo.
¿… …?
¿Uno de enero?
miércoles, 28 de febrero de 2007
Peligro de extincion
HE leído estos días que el periódico
más antiguo de los que se editan en
el mundo va a prescindir de su edición
de papel para convertirse exclusivamente
en un medio digital. A los
responsables de esa decisión les habrá
salido la vena ecológica y estarán
convencidos de que dan un gran
paso hacia la modernidad aplicando
en exclusiva las nuevas tecnologías
para que la gente haga lo mismo que
hace más de cien años: leer las noticias.
Pero ahora sólo a través del ordenador,
sin necesidad de contribuir
a la deforestación de la selva amazónica.
Pues bien, a ellos les parecerá
muy ecológico pero a mi particularmente
me parece una barbaridad. Si
de ecología se trata, ¿qué mejor acción
que declararlo especie protegida
y evitar su extinción? Desde luego
les puedo garantizar una cosa. Se
pueden encontrar miles de diarios
digitales en la red pero, en la vida real,
en la que se palpa, en la que uno
se mancha las manos de tinta, no hay
mayor placer que ojear en papel el
periódico. Y si además es el más antiguo
del mundo eso ya tiene que ser
de orgasmo.
Me parece muy bien que la civilización
avance pero deberíamos
cuestionarnos qué es eso de avanzar.
Porque a este paso todo va a ser virtual
y cibernético. ¿Dejaría usted de
comer un buen pollo a cambio de
una pildorita? Pues no. La pildorita
en cuestión te aportará las mismas
calorías, las mismas proteínas, un
colesterol más sano… ¡Pero qué hay
del placer! Ya se que no alimenta pero
no se puede desdeñar. Desconozco
si las plantas lo experimentan pero
puedo hablar con conocimiento
de causa que sin él no existiría la especie
humana ni las animales.
Me van a contar a mi que es lo
mismo leer el periódico en el ordenador
que desplegarlo en un transporte
público, en el sillón orejero de
casa o en la mesa de cualquier cafetería
mientras se saborea una buena
infusión. ¡Qué! ¿Se van a llevar el
ordenador a esos sitios? ¿o a la playa?
¿o a la tumbona de la terraza?
Pues disfruten ustedes de ese “placer”.
Yo prefiero leerlo, tocarlo, notar
su textura y olor, ojearlo una vez,
y diez minutos después, otra. Y por
la noche, otra. Sin necesidad de dar a
una tecla y que desaparezca. Quiero
llevarlo todo el día. Pasearlo por los
sitios a los que acudo. Doblarlo una
y otra vez hasta que se difuminen algunos
párrafos de tanto sobarlo.
Mientras yo hago todo eso en mi
jornada laboral ¿qué ha hecho usted
con el que ha leído en el ordenador?
¡Pués nada! Porque si quiere releerlo
ya no es el mismo. Se lo han actualizado.
Si quiere buscar algo que había
leído y le había interesado, ya no
existe. Le han puesto otra cosa. Pues
a mi eso más que placer me genera
mala leche.
¿Por qué no les damos un uso racional
a las nuevas tecnologías y las
aprovechamos para hacer campañas
contra la extinción de estas especies
tan tradicionales? Eso sí sería avanzar
sin destruir y aprovechar lo nuevo
para hacer algo que antes no se
podía.
Si quieren salvar la amazonía que
prohíban los pañuelos de papel. Se
utilizan mucho más y no llevan ni
crucigrama.
más antiguo de los que se editan en
el mundo va a prescindir de su edición
de papel para convertirse exclusivamente
en un medio digital. A los
responsables de esa decisión les habrá
salido la vena ecológica y estarán
convencidos de que dan un gran
paso hacia la modernidad aplicando
en exclusiva las nuevas tecnologías
para que la gente haga lo mismo que
hace más de cien años: leer las noticias.
Pero ahora sólo a través del ordenador,
sin necesidad de contribuir
a la deforestación de la selva amazónica.
Pues bien, a ellos les parecerá
muy ecológico pero a mi particularmente
me parece una barbaridad. Si
de ecología se trata, ¿qué mejor acción
que declararlo especie protegida
y evitar su extinción? Desde luego
les puedo garantizar una cosa. Se
pueden encontrar miles de diarios
digitales en la red pero, en la vida real,
en la que se palpa, en la que uno
se mancha las manos de tinta, no hay
mayor placer que ojear en papel el
periódico. Y si además es el más antiguo
del mundo eso ya tiene que ser
de orgasmo.
Me parece muy bien que la civilización
avance pero deberíamos
cuestionarnos qué es eso de avanzar.
Porque a este paso todo va a ser virtual
y cibernético. ¿Dejaría usted de
comer un buen pollo a cambio de
una pildorita? Pues no. La pildorita
en cuestión te aportará las mismas
calorías, las mismas proteínas, un
colesterol más sano… ¡Pero qué hay
del placer! Ya se que no alimenta pero
no se puede desdeñar. Desconozco
si las plantas lo experimentan pero
puedo hablar con conocimiento
de causa que sin él no existiría la especie
humana ni las animales.
Me van a contar a mi que es lo
mismo leer el periódico en el ordenador
que desplegarlo en un transporte
público, en el sillón orejero de
casa o en la mesa de cualquier cafetería
mientras se saborea una buena
infusión. ¡Qué! ¿Se van a llevar el
ordenador a esos sitios? ¿o a la playa?
¿o a la tumbona de la terraza?
Pues disfruten ustedes de ese “placer”.
Yo prefiero leerlo, tocarlo, notar
su textura y olor, ojearlo una vez,
y diez minutos después, otra. Y por
la noche, otra. Sin necesidad de dar a
una tecla y que desaparezca. Quiero
llevarlo todo el día. Pasearlo por los
sitios a los que acudo. Doblarlo una
y otra vez hasta que se difuminen algunos
párrafos de tanto sobarlo.
Mientras yo hago todo eso en mi
jornada laboral ¿qué ha hecho usted
con el que ha leído en el ordenador?
¡Pués nada! Porque si quiere releerlo
ya no es el mismo. Se lo han actualizado.
Si quiere buscar algo que había
leído y le había interesado, ya no
existe. Le han puesto otra cosa. Pues
a mi eso más que placer me genera
mala leche.
¿Por qué no les damos un uso racional
a las nuevas tecnologías y las
aprovechamos para hacer campañas
contra la extinción de estas especies
tan tradicionales? Eso sí sería avanzar
sin destruir y aprovechar lo nuevo
para hacer algo que antes no se
podía.
Si quieren salvar la amazonía que
prohíban los pañuelos de papel. Se
utilizan mucho más y no llevan ni
crucigrama.
martes, 16 de enero de 2007
La monotonía del sentido común
Estoy un poco despistado ante tanta obviedad. Se ha roto la tregua… se ha roto el proceso de paz….se ha cedido ante la banda… no se ha cedido en nada…se ha vendido al estado de derecho…
Esta es la tonadilla de los cuarenta principales, porque a estos no se les puede llamar gobernantes sino tonadilleros y aspirantes a plaza a través del atajo de operación triunfo. Porque lo que es cantar “cantan de cojones”. Son los encargados de gobernar cargados de razones y descargados de responsabilidad, pero sólo hasta el siguiente rito de las urnas. Se enzarzan en certezas y se arrojan insultos hasta perder la vergüenza. Por supuesto todas sus certezas derivan de la aplicación del sentido común que generalmente agota su recorrido en lo aparente.
Nos haría falta un Sócrates moderno que aplicara la mayéutica a tanta obviedad para dejar con el culo al aire a lo aparente y sumergirnos en lo real. Quizá Saramago haya tenido una buena inspiración cuando afirma que el sentido común es conservador e incluso, a veces, reaccionario.
¡Pues claro que ETA ha puesto una bomba y ha asesinado a dos personas!
¡Y ahorá qué! ¿Esperamos otros diez años para llegar a un escenario similar al del 29 de diciembre?
¿Es que nadie sabe apreciar que detrás de lo obvio hay una nueva situación y un camino avanzado?
¿Es que nadie ve que, a pesar de los pesares, ETA y Batasuna están asumiendo de facto que han metido la pata?
¿Es que no se ve que quieren estar en las instituciones? ¿Es que no se ve que quieren avanzar en el proceso?
¿Es que no se ve que todo el mundo quiere una salida?
¡Pues a buscarla coño!
Aunque quizá sea mejor esperar otros diez años para volver a lo mismo.
Y así sucesivamente.
Es increíble con qué monotonía se repiten la vida y la muerte en el territorio del sentido común.
Esta es la tonadilla de los cuarenta principales, porque a estos no se les puede llamar gobernantes sino tonadilleros y aspirantes a plaza a través del atajo de operación triunfo. Porque lo que es cantar “cantan de cojones”. Son los encargados de gobernar cargados de razones y descargados de responsabilidad, pero sólo hasta el siguiente rito de las urnas. Se enzarzan en certezas y se arrojan insultos hasta perder la vergüenza. Por supuesto todas sus certezas derivan de la aplicación del sentido común que generalmente agota su recorrido en lo aparente.
Nos haría falta un Sócrates moderno que aplicara la mayéutica a tanta obviedad para dejar con el culo al aire a lo aparente y sumergirnos en lo real. Quizá Saramago haya tenido una buena inspiración cuando afirma que el sentido común es conservador e incluso, a veces, reaccionario.
¡Pues claro que ETA ha puesto una bomba y ha asesinado a dos personas!
¡Y ahorá qué! ¿Esperamos otros diez años para llegar a un escenario similar al del 29 de diciembre?
¿Es que nadie sabe apreciar que detrás de lo obvio hay una nueva situación y un camino avanzado?
¿Es que nadie ve que, a pesar de los pesares, ETA y Batasuna están asumiendo de facto que han metido la pata?
¿Es que no se ve que quieren estar en las instituciones? ¿Es que no se ve que quieren avanzar en el proceso?
¿Es que no se ve que todo el mundo quiere una salida?
¡Pues a buscarla coño!
Aunque quizá sea mejor esperar otros diez años para volver a lo mismo.
Y así sucesivamente.
Es increíble con qué monotonía se repiten la vida y la muerte en el territorio del sentido común.
lunes, 8 de enero de 2007
Batasuna ¿y ahora que?
Todos estamos esperando el comunicado de ETA que nos confirme lo evidente. Pero me pregunto que va a ser de Batasuna a partir de ahora. Está claro que el gran escollo que había que salvar era la fórmula para que se presentaran a las elecciones municipales; si cambiaban de nombre y estatutos u optaban por las agrupaciones electorales locales. Pero ¿piensa alguien que con el actual panorama les van a permitir alguna opción? ¿se van a pasar otros cuatro años de sequía institucional? ¿qué va a hacer ETA sin portavoces en las instituciones?¿les interesa ese mapa de futuro?¿si continúa y se acentúa la persecución policial y judicial qué va a ser de todos sus dirigentes?¿cárcel?¿clandestinidad? En definitiva ¿cómo se arregla esto?
lunes, 30 de octubre de 2006
Mississippi s. XIX d.c.
A estas alturas y después de
dos huracanes en poco más
de treinta días, creo que no es
novedad para nadie que al
gran valedor de occidente se
le ha inundado la trastienda
con un resultado catastrófico.
Porque el Sur es la gran trastienda
de Estados Unidos en
el que conviven unas pocas
joyas blancas con millones
de desconchados pucheros
negros. En el resto del país,
las desigualdades sociales
están más repartidas aunque
siempre inclinadas hacia la
parte más oscura de la población.
Pero el Sur, Louisiana y
Mississippi, son otra cosa.
Es la tierra del KKK, de las
grandes mansiones ajardinadas,
donde a los negros se les
negaba, con artimañas administrativas,
su derecho constitucional
al voto hasta bien
entrada la década de los sesenta;
donde una gran parte
de la población negra vive en
chabolas protegidas por árboles
centenarios. En el Sur
no hay que buscar extras en
África para filmar una película
de esclavos. Casi se podría
hacer a la inversa.
En el Sur se desafían las
teorías del mismísimo Einstein.
El tiempo no transcurre
a la misma velocidad que en
el resto del país. Las desigualdades
económicas son
extremas y van a más; las sociales
se mantienen imperturbables
al paso del tiempo.
Parece un pacto histórico
asumido con resignación por
los negros y mantenido por la
sutileza y el orgullo “aristocrático”
de los blancos.
A nadie ajeno a la amenaza
le ha preocupado todos estos
años la alerta lanzada por los
especialistas sobre la catástrofe
que se avecinaba. Los
diques de contención de las
zonas construidas bajo el nivel
del mar serían incapaces
de soportar el embate de las
aguas. Pero el Sur no es Nueva
York, ni Los Angeles. No
está en la costa Este ni en la
Oeste. Está al Sur, aunque
sea del mismísimo Estados
Unidos, un país tan grande
que tiene cuatro husos horarios
diferentes entre costa y
costa. Donde las catástrofes
se miden por las pérdidas
económicas y después por
las humanas.
Cuando uno toma un vuelo
desde la rica y poderosa California
hacia Nueva Orleáns o
Jackson siempre hay alguien
que pregunta a la llegada
cuánto hay que adelantar el
reloj. La respuesta es siempre
la misma: hay que retrasarlo
un siglo.
Quizá cuando lleguen al
siglo XX o XXI el presidente
Bush sí pueda enviar las ayudas
necesarias. Aunque a lo
mejor están ocupadas en derrocar
el régimen del planeta
Júpiter. Seguro que no queda
tan al sur.
dos huracanes en poco más
de treinta días, creo que no es
novedad para nadie que al
gran valedor de occidente se
le ha inundado la trastienda
con un resultado catastrófico.
Porque el Sur es la gran trastienda
de Estados Unidos en
el que conviven unas pocas
joyas blancas con millones
de desconchados pucheros
negros. En el resto del país,
las desigualdades sociales
están más repartidas aunque
siempre inclinadas hacia la
parte más oscura de la población.
Pero el Sur, Louisiana y
Mississippi, son otra cosa.
Es la tierra del KKK, de las
grandes mansiones ajardinadas,
donde a los negros se les
negaba, con artimañas administrativas,
su derecho constitucional
al voto hasta bien
entrada la década de los sesenta;
donde una gran parte
de la población negra vive en
chabolas protegidas por árboles
centenarios. En el Sur
no hay que buscar extras en
África para filmar una película
de esclavos. Casi se podría
hacer a la inversa.
En el Sur se desafían las
teorías del mismísimo Einstein.
El tiempo no transcurre
a la misma velocidad que en
el resto del país. Las desigualdades
económicas son
extremas y van a más; las sociales
se mantienen imperturbables
al paso del tiempo.
Parece un pacto histórico
asumido con resignación por
los negros y mantenido por la
sutileza y el orgullo “aristocrático”
de los blancos.
A nadie ajeno a la amenaza
le ha preocupado todos estos
años la alerta lanzada por los
especialistas sobre la catástrofe
que se avecinaba. Los
diques de contención de las
zonas construidas bajo el nivel
del mar serían incapaces
de soportar el embate de las
aguas. Pero el Sur no es Nueva
York, ni Los Angeles. No
está en la costa Este ni en la
Oeste. Está al Sur, aunque
sea del mismísimo Estados
Unidos, un país tan grande
que tiene cuatro husos horarios
diferentes entre costa y
costa. Donde las catástrofes
se miden por las pérdidas
económicas y después por
las humanas.
Cuando uno toma un vuelo
desde la rica y poderosa California
hacia Nueva Orleáns o
Jackson siempre hay alguien
que pregunta a la llegada
cuánto hay que adelantar el
reloj. La respuesta es siempre
la misma: hay que retrasarlo
un siglo.
Quizá cuando lleguen al
siglo XX o XXI el presidente
Bush sí pueda enviar las ayudas
necesarias. Aunque a lo
mejor están ocupadas en derrocar
el régimen del planeta
Júpiter. Seguro que no queda
tan al sur.
jueves, 3 de agosto de 2006
nuestro "alter ego"
ME ha pedido mi hijo que le
compre varios botes de spray
de colores para decorarse el
pelo de una forma psicodélica.
Sólo duda entre mezclar el azul
con el naranja o el naranja con
el verde fosforito. Tienen una
fiesta en el colegio y por lo
visto quiere llamar la atención.
O quizá no quiera llamar la
atención y por eso quiere ir a
tono con el resto de sus colegas
para no parecer el raro. Nunca
he entendido esa manía de la
gente de no querer ser lo que
se es en determinados
momentos, siempre asociados
a las fiestas o acontecimientos
especiales.
Está claro que la gente se
disfraza porque quiere romper
temporalmente con algo.
Posiblemente la pura rutina.
Pero lo que me parece más
digno de estudio es hacia
dónde dirige cada uno sus
preferencias a la hora de
transformarse. No se si a lo
que les gustaría ser o a lo que
en ningún caso estarían
dispuestos a llegar.
Recuerdo que en mi infancia
las preferencias iban hacia los
trajes de vaqueros, princesas,
centuriones romanos o, a lo
sumo, de bruja piruja.
Después, en la adolescencia,
las chicas se disfrazaban de
chicos y los chicos de corista.
Es cierto que esta tendencia
persiste hoy en día en muchos
adultos y adultas. Hasta ahí
todo me parece normal. Pero es
que los disfraces de ahora,
salvando a la tierna infancia
que siempre opta por los
personajes del último estreno
cinematográfico de la Disney,
buscan la extravagancia de
diseño propio, de autor. En
realidad no se quieren parecer
a nada ni a nadie, salvo a su
propia creación. Se recrean en
su álter ego.
Eso me hace pensar que ni
los sueños son lo que eran.
Parece que ahora nadie quiere
ser carpintero, ni bombero, ni
misionero, ni salvar al mundo,
ni siquiera rescatar princesas.
Todos quieren ser lo que
aparentan y lo que son. Con
diseño propio. Quieren ser de
la tribu pero no indios de base.
El penacho del jefe lo llevan
todos, cada uno en su estilo,
pero todos jefes.
Me gustaría que un
psicólogo me explicara el
intríngulis de estas actitudes; si
es un simple juego inocente,
una actitud lúdica o la versión
Mr. Hyde que cada uno lleva
dentro.
Yo, por si acaso, cuando
observo ciertas actitudes en las
personas de mi entorno
profesional y de amigos, nunca
pienso hasta dónde quieren
llegar, sino de qué se disfrazan
en sus ratos de ocio.
Creo que tengo que estudiar
con más atención la vertiente
psicodélica de mi hijo. Porque
el traje de vaquero no lo quiere
ni ver.
compre varios botes de spray
de colores para decorarse el
pelo de una forma psicodélica.
Sólo duda entre mezclar el azul
con el naranja o el naranja con
el verde fosforito. Tienen una
fiesta en el colegio y por lo
visto quiere llamar la atención.
O quizá no quiera llamar la
atención y por eso quiere ir a
tono con el resto de sus colegas
para no parecer el raro. Nunca
he entendido esa manía de la
gente de no querer ser lo que
se es en determinados
momentos, siempre asociados
a las fiestas o acontecimientos
especiales.
Está claro que la gente se
disfraza porque quiere romper
temporalmente con algo.
Posiblemente la pura rutina.
Pero lo que me parece más
digno de estudio es hacia
dónde dirige cada uno sus
preferencias a la hora de
transformarse. No se si a lo
que les gustaría ser o a lo que
en ningún caso estarían
dispuestos a llegar.
Recuerdo que en mi infancia
las preferencias iban hacia los
trajes de vaqueros, princesas,
centuriones romanos o, a lo
sumo, de bruja piruja.
Después, en la adolescencia,
las chicas se disfrazaban de
chicos y los chicos de corista.
Es cierto que esta tendencia
persiste hoy en día en muchos
adultos y adultas. Hasta ahí
todo me parece normal. Pero es
que los disfraces de ahora,
salvando a la tierna infancia
que siempre opta por los
personajes del último estreno
cinematográfico de la Disney,
buscan la extravagancia de
diseño propio, de autor. En
realidad no se quieren parecer
a nada ni a nadie, salvo a su
propia creación. Se recrean en
su álter ego.
Eso me hace pensar que ni
los sueños son lo que eran.
Parece que ahora nadie quiere
ser carpintero, ni bombero, ni
misionero, ni salvar al mundo,
ni siquiera rescatar princesas.
Todos quieren ser lo que
aparentan y lo que son. Con
diseño propio. Quieren ser de
la tribu pero no indios de base.
El penacho del jefe lo llevan
todos, cada uno en su estilo,
pero todos jefes.
Me gustaría que un
psicólogo me explicara el
intríngulis de estas actitudes; si
es un simple juego inocente,
una actitud lúdica o la versión
Mr. Hyde que cada uno lleva
dentro.
Yo, por si acaso, cuando
observo ciertas actitudes en las
personas de mi entorno
profesional y de amigos, nunca
pienso hasta dónde quieren
llegar, sino de qué se disfrazan
en sus ratos de ocio.
Creo que tengo que estudiar
con más atención la vertiente
psicodélica de mi hijo. Porque
el traje de vaquero no lo quiere
ni ver.
realidades
HASTA que naces a lo que la
sociedad llama el uso de razón,
todo es pecado venial
¡Bendita inconsciencia! Disfrutas
de tu niñez, matas lagartijas
por puro placer, te peleas
con tus amigos, pegas
una pedrada a una farola y…
si te pillan…. tu penitencia se
reduce a unos cuantos azotes
de tu madre, por romper la farola,
y a una bronca de tu padre…
porque te han pillado.
Pero llega un día en el que
haces la comunión. Ahí, se
acabó la amnistía. Todo lo
que era perdón por no tener
todavía la razón en activo se
convierte en penitencia, en
una pendiente lastrada hacia
la senda del infierno. Una
cuesta abajo que, a medida
que pasan los días, es más
cuesta arriba. Y así para toda
la vida. Sólo que antes la razón
la teníamos que empezar
a usar a los siete años y ahora
se le aplica una moratoria que
te permite vivir sin pecar hasta
los nueve o diez. Designios
de la madre iglesia.
Esa es la señal. Empiezas a
pecar sin posibilidad de redención;
a aplicar a la vida lo
que dicta la norma. Tarea tremendamente
difícil.
Después llega la universidad
donde, por lo visto y oído,
la teoría memorizada tampoco
se parece en nada a la
realidad laboral con la que te
das de bruces. Pero no queda
más remedio que improvisar
aplicaciones prácticas que
van reubicando cada pieza en
su molde.
Todas estas etapas de conocimiento
importado van, a su
vez, cimentando en nosotros
un cuerpo de principios de
elaboración propia, con más o
menos contribución ajena,
que abanderamos siempre
que se nos presenta la ocasión.
Teorizamos sobre la libertad
de sexo o religión, sobre
la solidaridad con los pueblos
oprimidos, la insensatez
del racismo o sobre la igualdad
de derechos entre homosexuales
y heterosexuales.
Hasta que un día se le ocurre
a alguien que todos esos principios
deben formar parte de
un cuerpo de Ley. Es decir,
que nuestro vecino homosexual,
ese que nos cae simpático,
estará legalmente casado
y podrá tener hijos. El candor
en el que se refugian los principios
para proclamar el derecho
a lo “imposible” se ve
violentado. Nos mete en una
trampa moral de la que no sabemos
salir. Hemos reivindicado
un derecho genérico que
ahora se cuela en nuestro vecindario.
La realidad se impone
y la teoría se tambalea. Como
la vida misma.
Como dice un amigo mío,
la fe y la esperanza nos salen
gratis a todos y además nos
reconfortan el espíritu. Pero
la caridad… la caridad es otra
cosa. Para aplicarla hay que
mojarse y además cuesta dinero.
sociedad llama el uso de razón,
todo es pecado venial
¡Bendita inconsciencia! Disfrutas
de tu niñez, matas lagartijas
por puro placer, te peleas
con tus amigos, pegas
una pedrada a una farola y…
si te pillan…. tu penitencia se
reduce a unos cuantos azotes
de tu madre, por romper la farola,
y a una bronca de tu padre…
porque te han pillado.
Pero llega un día en el que
haces la comunión. Ahí, se
acabó la amnistía. Todo lo
que era perdón por no tener
todavía la razón en activo se
convierte en penitencia, en
una pendiente lastrada hacia
la senda del infierno. Una
cuesta abajo que, a medida
que pasan los días, es más
cuesta arriba. Y así para toda
la vida. Sólo que antes la razón
la teníamos que empezar
a usar a los siete años y ahora
se le aplica una moratoria que
te permite vivir sin pecar hasta
los nueve o diez. Designios
de la madre iglesia.
Esa es la señal. Empiezas a
pecar sin posibilidad de redención;
a aplicar a la vida lo
que dicta la norma. Tarea tremendamente
difícil.
Después llega la universidad
donde, por lo visto y oído,
la teoría memorizada tampoco
se parece en nada a la
realidad laboral con la que te
das de bruces. Pero no queda
más remedio que improvisar
aplicaciones prácticas que
van reubicando cada pieza en
su molde.
Todas estas etapas de conocimiento
importado van, a su
vez, cimentando en nosotros
un cuerpo de principios de
elaboración propia, con más o
menos contribución ajena,
que abanderamos siempre
que se nos presenta la ocasión.
Teorizamos sobre la libertad
de sexo o religión, sobre
la solidaridad con los pueblos
oprimidos, la insensatez
del racismo o sobre la igualdad
de derechos entre homosexuales
y heterosexuales.
Hasta que un día se le ocurre
a alguien que todos esos principios
deben formar parte de
un cuerpo de Ley. Es decir,
que nuestro vecino homosexual,
ese que nos cae simpático,
estará legalmente casado
y podrá tener hijos. El candor
en el que se refugian los principios
para proclamar el derecho
a lo “imposible” se ve
violentado. Nos mete en una
trampa moral de la que no sabemos
salir. Hemos reivindicado
un derecho genérico que
ahora se cuela en nuestro vecindario.
La realidad se impone
y la teoría se tambalea. Como
la vida misma.
Como dice un amigo mío,
la fe y la esperanza nos salen
gratis a todos y además nos
reconfortan el espíritu. Pero
la caridad… la caridad es otra
cosa. Para aplicarla hay que
mojarse y además cuesta dinero.
lunes, 3 de julio de 2006
la sancion como esperanto
SIEMPRE he reivindicado el derecho que tienen todas las personas a convivir con sus propias contradicciones en tanto en cuanto no resuelvan sus dudas. Pero la vida me ha situado en un punto en el que las certezas son cada vez más escasas y las dudas se extienden como la hiedra. Creo que en el mundo actual escasean los Sócrates modernos frente a los “talibanes” de verdades absolutas. El problema es que cada uno tiene las suyas y muchas veces son irreconciliables con el sentido
común. En definitiva, eso de echar por tierra lo establecido planteando dudas y cuestionando lo institucionalmente asentado es una especie de herejía a la que respondemos con la “solidez” de nuestras convicciones y el efecto perverso que siempre atribuimos a los que gobiernan. El último acontecimiento que me ha llevado a este estado de incertidumbre ha sido la iniciativa de los catalanes de multar a aquellos bañistas que desafiando la bandera roja se sumerjan en aguas del Mediterráneo.
Esta medida ha levantado ampollas entre los puristas de la libertad individual. La respuesta no se ha hecho esperar:
¡Quién es quién para prohibirme bañarme en una playa! ¡Y además me pone una multa!
Esta última parte es la que nos llega al alma, que casi siempre está cerca del bolsillo. Al final, la matemática, los números traducidos a moneda oficial, es la que utilizan las administraciones como lenguaje para llegar al ciudadano, y es el único idioma que algunos ciudadanos entienden. Es una especie de esperanto de la vida moderna. Es un lenguaje de crispación y enfrentamiento que encara a Administración y ciudadanos y a estos con sus congéneres.
El dinero, hasta en sus aspectos más residuales ( no hablamos de macroeconomía) es capaz de deshacer la más sólida relación filosófica y moral que se pueda establecer entre dos personas.
Lo último es el carné de conducir. Puntos... descuentos... restas... y... ¡Zas! ¡Te lo quitan!
No dudo de la importancia de las matemáticas ni de sus bonanzas para la vida moderna, pero creo que la filosofía del comportamiento, la ética de las relaciones entre ciudadanos y las dudas sobre nuestras actitudes viciadas por el egoísmo pueden resituar las cosas. Si hay una señal de curva peligrosa y un límite de velocidad, por qué tengo que rebasarlo; si hay un paso de cebra en rojo por qué tengo que atravesarlo por muy peatón que sea; si hay una bandera roja en una playa por qué tengo que desafiar la opinión de los expertos.
Estoy casi seguro, por aquello de poner en duda todo, de que las administraciones también se equivocan. Pero también estoy casi seguro... por lo de la duda... de que nosotros nos creemos individualmente infalibles. Un poco de filosofía socrática nos vendría estupendamente a ambas
partes.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
historia de una adopción
caminos sinuosos
Todos los caminos en la vida son sinuosos. No hay líneas rectas para avanzar porque los obstáculos surgen estratégicamente. La propia exis...
-
Sabemos que todas las épocas convulsas de la vida política y social han de llegar a un punto de sosiego y moderación porque la tensión p...
-
ESTO de los sistemas de enseñanza me trae a mal traer desde hace bastante tiempo. Soy de esos antiguos privilegiados que pasaron por parvul...
-
La verdad es que hay acontecimientos que nos desbordan nada más abordarlos. Todos creemos que tenemos una opinión razonada hasta que la cont...







