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jueves, 2 de marzo de 2017

exoplanetas

En el planeta Tierra hay catalogadas en este momento un millón setecientas mil especies de seres vivos. Además de varios millones que han existido antes y que se han ido extinguiendo. Los científicos calculan que estaremos por encima de los diez millones, siempre en números aproximados. 
Dentro de esas cifras astronómicas, los seres humanos somos una especie más y, además, de los últimos en llegar a este vecindario tan variopinto. No me extraña esa cautela científica. Dada la composición de nuestro planeta, en el que tres cuartas partes están cubiertas de agua, se puede jugar al escondite con garantía de que no te van a pillar. Desde las profundidades marinas, todavía no exploradas, hasta los picos del Himalaya, sólo paseados y poco estudiados en cuanto a especies, el campo de juego se antoja inmenso.
Aun así, la curiosidad científica nos lleva a investigar otras posibles formas de vida extraterrestre. Observamos a nuestro vecindario astral para ver si se enciende la luz y descubrimos quién lo habita y qué hace. Somos como la cotilla del barrio que vive en la ventana y conoce los horarios y costumbres de todo lo que le rodea, sin reparar en lo que pasa en el interior de su vivienda. Al fin y al cabo eso es lo cotidiano y no tiene mucho morbo.
Pues bien, esa cotilla del Universo que es el Observatorio Europeo Astral nos acaba de anunciar el descubrimiento de un nuevo sistema, TRAPPIST-1, con siete exoplanetas, tres de los cuales podrían reunir condiciones para albergar seres vivos.
No me resisto a volver al inicio de esta columna y mirar las cifras que manejamos aquí, quiénes somos y cuánto duraremos como especie. Aun cuando el universo se pudiera clonar ¿Qué esperamos encontrar? ¿En qué etapa evolutiva?. Todo esto, si es que de verdad hay algo.
Y yo me pregunto. ¿No sería menos científico pero mucho más humanitario con nuestra propia especie abordar lo que sabemos que existe, y está catalogado, y enfocar toda esa tecnología hacia el Mediterraneo para ver por dónde andan las pateras a la deriva antes de que aparezcan los cadáveres en las playas? No vienen de TRAPPIST-1. ¡Están aquí!

La ciencia nos permite ver lo que hay a 40 millones de años luz. Y la conciencia nos ciega lo que tenemos delante de las narices.

martes, 1 de marzo de 2016

la basura y las fronteras



Y seguimos a vueltas con los refugiados. Todos buscan la paz en Siria pero cada vez se suman más elementos al conflicto. Todos para solucionarlo, pero para eso por lo visto hay que echar más bombas, sembrar más miseria y destrucción, enterrar entre los escombros a los habitantes que no han huido, y dejar  “un solar” yermo. Es como una especulación urbanística a lo bestia, en versión política y social. Como si Siria tuviese que pagar todos los errores que se cometieron en las primaveras árabes, que resultaron a la postre un gran fiasco. No funcionó ese intento de trasladar a las cigarras la arquitectura social y de vida de las hormigas. Sin menospreciar las costumbres de ninguna de las dos. Simplemente son diferentes y en la naturaleza conviven y se respetan.
Ahora en ese escenario todos echan bombas. Pero hay otro escenario que es el de las consecuencias. Son las mujeres, niños y hombres que han huido del infierno para tratar de alcanzar la retaguardia, en occidente, donde se deciden muchos de los bombardeos y que constituye el refugio más seguro. Pero donde todo eran parabienes en un principio ahora se levantan las fronteras del egoísmo. Es muy difícil esquivar las bombas en Siria, pero tarea casi imposible sortear los rigores del invierno, los muros, el rechazo y el hambre, y contemplar con angustia e impotencia a tus hijos desnutridos, ateridos de frío, aferrados a una esperanza que habita detrás de una alambrada, de una frontera que te niega el paso.
Sólo unos pocos acceden, dejando jirones de piel en las alambradas. La carne y el músculo se los ha comido la travesía. Son los que no entran en el cupo pero encuentran un pequeño resquicio hacia el Edén. El resto, vista la actitud de los gobiernos, seguirá hacinado en los campos de refugiados, en el enorme vertedero humano que nuestras miserias permiten, esperando una recogida selectiva de “basura social” y confiando en que la policía y los expertos los consideren aptos para el reciclaje, no por su condición de personas sino por su formación o sus capacidades.
Estoy harto de oír hablar del conflicto y sus consecuencias y estoy más hastiado aún de que se busquen siempre justificaciones, identificaciones, desavenencias entre estados o problemas de índole jurídico política, para no mirar a la cara a esa gente y afrontar el problema en toda su dimensión. No es el conflicto y sus consecuencias, el drama de las personas trasciende cualquier otra consideración, la hace secundaria. Hay que mirar a los ojos y al alma de los perjudicados, situarse en su piel desgarrada y en su esperanza muerta. Creo que en Euskadi algo hemos aprendiendo de eso en los últimos años. “El conflicto y sus consecuencias” ya no son la barrera que nos hacía invisibles como personas.

viernes, 1 de mayo de 2015

Mediterráneo, “Mare Nostrum”

Es difícil de explicar lo que está sucediendo en el Mediterraneo, pero mucho más comprender que se tolere. El “Mare Nostrum”, esa confluencia de mundos, “bazar” de intercambio comercial y cultural entre los pueblos, nexo de unión de civilizaciones y creencias, se ha transformado en un cementerio de sueños e ilusiones, en una fosa colectiva alimentada por los turoperadores de la muerte.
Decenas de miles de árabes y subsaharianos, mujeres, hombres y niños, se aferran todos los días a cualquier cosa que flote para abrazar la ilusión de llegar a las costas de Europa, sin saber muy bien a qué pero siendo muy conscientes de lo que huyen. Aunque luego el tesoro sea de oropel.
Las mismas aguas que Homero hizo surcar a Ulises, en las que se narra la épica de su salida y retorno a Ítaca, las que navegaron sumerios, asirios, hititas, griegos, fenicios, romanos y egipcios, las que sirvieron de travesía para forjar la interculturalidad y el intercambio de civilizaciones, se han convertido por nuestra desidia, y para nuestra vergüenza colectiva, en un corredor de la muerte.
Sabemos por los testimonios de los escasos supervivientes que en la última oleada detectada han sido más de ochocientos los muertos. Ha cundido cierta sensación de alarma entre los gobiernos europeos y los estrategas se han puesto manos a la obra y han ideado un plan quirúrgico. La conclusión es que hay que destruir todo lo que flota en las costas de África para que nadie se “embarque” en esas travesías tan peligrosas.
Y lo peor de todo es que ni siquiera saben qué hacer con los pocos que ya están dentro. Las imágenes me resultan patéticas. Veo personas estabuladas “atendidas” por personal con mascarilla y buzos blancos.
Veo rostros temerosos con ojos inertes imposibles de escudriñar, bloqueados por una experiencia infernal. Ahora muchos conviven con nosotros. Y algunos les quieren limitar hasta sus posibilidades de subsistencia.

Todo esto pasa en el Mediterráneo, donde muchos de nosotros veraneamos. Una cuna de civilizaciones que hemos reconvertido en el Guantánamo de Europa. Lo que allí sucede es mejor no saberlo, no atiende a leyes ni a razones económicas ni humanitarias.

historia de una adopción

caminos sinuosos

Todos los caminos en la vida son sinuosos. No hay líneas rectas para avanzar porque los obstáculos surgen estratégicamente. La propia exis...