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jueves, 5 de diciembre de 2019

1028, y no existen



No seré yo quien discuta la legitimidad de las urnas. Pero sí estoy dispuesto a rechazar y combatir ideas y comportamientos que atenten contra el sentido común, los derechos humanos y la vida y la dignidad de las mujeres, por mucho que algunas de ellas blanqueen ese catecismo machista que a modo de tonadilla repiten y repiten sin cesar los “hombres” de su partido. En qué manual de democracia dice que ésta puede servir para defender el racismo, el odio, la intolerancia, el fanatismo, y hacer del negacionismo contra hechos contrastados una bandera amparada en la libertad de expresión. En qué manual de democracia se contempla la posibilidad de insultar a los pueblos, criminalizar a los menores, sólo por su origen, o defender el supremacismo según el color de la piel.
No quiero concebir la sociedad que plantean. 1028 mujeres asesinadas desde 2003, año en que se empezaron a elaborar estadísticas, y niegan la existencia de la violencia de género. Esa estadística sólo contabiliza las muertes, que no son sino el final de un calvario de vejaciones, abusos, violaciones, humillaciones y llantos en soledad. Quien niega estos hechos no conoce lo que son los derechos humanos ni la cantidad de guerras y muertes que ha habido hasta consensuar esa Declaración Universal. Quizá quieran cambiar el concepto de igualdad y derechos y sustituirlos por un sistema de castas que estratifique la sociedad. Es increíble lo que queda todavía por avanzar. Y algunos quieren retroceder hasta tener su propio califato en el que el dogma que predican sustituya a las leyes y a los parlamentos que legislan, eliminando así la pluralidad y por tanto las ideas, valores, principios y creencias contrarias a su credo. Piden incluso ilegalizar partidos.
Le escuché hace tiempo a un político decir que todos los hombres, todos, somos machistas. Y tenía razón. Sólo que algunos sentimos vergüenza por asumir esa herencia sin cuestionarla entonces, y ahora tratamos de desterrar esos demonios en nosotros mismos y en nuestras hijas e hijos. No queremos ser cómplices de una histórica injusticia.
Me duele el alma al pensar que hay gente que tiene esas ideas y las defiende como una cruzada que quiere salvar al mundo y a la humanidad de sus propios avances en igualdad y derechos. Pero me duele mucho más que existan partidos políticos que les cobijan, les amparan y les dan carta de legitimidad para entrar en las instituciones democráticas y tratar de reventar todos los consensos. La democracia hay que defenderla.

viernes, 2 de junio de 2017

“apartheid” subvencionado


Hay contradicciones sociales que no alcanzo a comprender por mucha ley que las ampare. El Tribunal Supremo acaba de dictar sentencia a favor de los colegios de enseñanza segregada y su derecho a recibir subvenciones públicas al igual que cualquier otro centro de enseñanza concertada cuyo alumnado sea mixto.
Parto del principio de que, desde mi punto de vista, si volcamos todos los esfuerzos presupuestarios exclusivamente en la enseñanza pública esta mejoraría sustancialmente y se reduciría sobremanera la diferencia de resultados con el sector privado. Y no creo que esto cercenase el derecho de los padres a elegir libremente el centro. Cada cual opta por lo que considera mejor. Pero como otras cosas en la vida, se trataría de garantizar unos mínimos dignos y competitivos para todos, sin que las opciones particulares detraigan ni un euro del proyecto común y solidario.
No obstante, es una evidencia que hay centros privados concertados, pero también lo es que en la mayoría de ellos no se separan a los alumnos de las alumnas, sino todo lo contrario. Son integradores, enriquecedores para la convivencia e impulsores de un sistema de igualdad y no discriminación que todavía se resiste en nuestra sociedad.
Por eso no entiendo cómo esa sentencia puede casar con las políticas de fomento de la igualdad que se realizan desde las administraciones, hasta el punto de crearse hasta un ministerio para este fin.
Viví una experiencia similar en mis primeros años de juventud. Aunque en el mismo centro, los chicos no compartíamos aulas con las chicas. El resultado de este “apartheid” consentido y ahora subvencionado era que lo que pasaba en las aulas se reproducía en la calle. Apenas convivíamos unos con otras. Afortunadamente duró poco y se impuso la cordura.
No entiendo qué tipo de sociedad reflejan estos colegios ni qué valores morales interiorizarán sus alumnos. Lo que se aprende y se vive en cualquier centro de enseñanza debe servir como ejemplo de comportamiento en una sociedad liberada de ciertos tics ultraconservadores y reaccionarios. Creo que es nocivo para los propios alumnos y, por supuesto, para toda la sociedad porque aumenta el sexismo y los estereotipos. Y esa no es la sociedad en la que viven, o al menos en la que vivimos los demás.

Confío en que los recursos que se han anunciado ante el Tribunal Constitucional restituyan el sentido común en nuestro sistema de enseñanza. Al fin y al cabo, la Constitución consagra la no discriminación “por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición”. Por el bien de los alumnos.

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