miércoles, 1 de abril de 2020

sin cita previa

Hemos vivido tiempos en los que el vértigo, el estrés, los cambios tecnológicos a la velocidad de la luz y, en general, toda nuestra cotidianeidad discurría en una aceleración continua. El tiempo, capataz implacable que nos ordenaba la vida y reducía a mera anécdota las relaciones humanas reposadas, nos ha estado tiranizando con la crueldad de Saturno. Horarios laborales pautados, vida familiar caótica, reposo alterado y tiempo cero para la reflexión.

Todo parecía una espiral infinita, de gravedad cero, sin solución de continuidad. El teletrabajo era una especie de “coco” para los empresarios taimados, recelosos de abonar sueldos sin garantía de productividad; las reuniones con los profesores de nuestros hijos se concertaban con la picaresca de inventarse una visita al médico o un catarro repentino que nos impedía ir a trabajar. Todo para que no pareciera que nuestra vida personal interfería en nuestras obligaciones laborales. Y desde luego nunca lunes o viernes, dos días bajo sospecha de incentivar el absentismo laboral. Incluso nuestra vida familiar, nuestras relaciones en casa, estaban supeditadas a los deberes, la elaboración de la agenda para el día siguiente o las preocupaciones por la compra para mantener la nevera con unos mínimos dignos. Todo un bucle consuetudinario.

Hasta que en una semana, sin cita previa, todo nuestro mundo se pone patas arriba. El “apocalipsis” aparece como esas galernas de los veranos tórridos que se ven en la lejanía y nos alcanzan antes de llegar a cubierto.

De la incredulidad inicial pasamos al miedo, del miedo al pánico, de este a la histeria obsesiva por acumular alimentos y, una vez confinados, vuelta a la incredulidad por una situación ni de lejos soñada. Aquí comienzan los interrogantes individuales y a la vez coincidentes con el resto de la sociedad. Son muchos e imposibles de enumerar. Es tiempo para la reflexión. Las preguntas que nos hacemos sobre el cómo hemos llegado a esto, no sólo por la pandemia sino por nuestra forma de vida y nuestro rol como sociedad, son importantes, muy importantes para el futuro que nos espera el día después. Pero es mucho más importante que esas reflexiones colectivas tengan respuestas también colectivas. A veces es bueno llegar al punto de partida. Y si no es así, tratar de reinventarlo. Lo dicho… tiempo de reflexión.

domingo, 1 de marzo de 2020

intereses miserables

Que las fake news sean el alimento cotidiano en el mundo de la política es algo a lo que nos hemos habituado. No sabría decir si nos están haciendo tontos y nos lo creemos casi todo o si hemos desarrollado una capacidad crítica que nos hace inmunes. No veo nada clara esa frontera porque las manipulaciones son tan sibilinas que nos instalan casi siempre en la duda.
No es difícil rascar un poco en esos bulos y descubrir que tras esa manipulación hay unos intereses bastardos que pretenden manipular elecciones, servir a intereses comerciales o simplemente desprestigiar a rivales políticos, económicos o comerciales.
Parece que el “todo vale” se ha convertido en un modus operandi que las nuevas tecnologías convierten en una auténtica pandemia. Es cierto que allá donde ha habido poder siempre ha habido intrigas, conspiraciones y manipulaciones amparadas en muchos casos en “la razón de estado”, ese eufemismo en el que cabe lo más perverso y exento de ética que nos podamos imaginar. Algo que el universo internet ha globalizado hasta el punto de que desde cualquier punto del planeta se puede manipular a los habitantes del polo opuesto sólo con las redes sociales.
Hasta aquí todo parece que obedece a unos intereses miserables pero aceptados ya como parte de las reglas del juego. De hecho, las grandes batallas políticas y comerciales ya no tienen otro escenario que el ciberespacio. Aunque el átomo de todo ese “juego perverso” sigue siendo la mentira, esas fake news que han llegado para quedarse. Hasta el punto de que al amparo de estas formas de actuar han florecido ya multitud de empresas que se dedican a detectarlas y denunciarlas. Los espías ahora son virtuales y mucho más eficaces.
Todo este mundo obedece siempre a unos intereses espurios, pero lo que no veo nada claro es la intencionalidad en lo que está sucediendo estos días con el coronavirus. Es evidente que el interés mundial se centra en controlar la expansión de ese virus maligno y buscar una vacuna efectiva. Por qué entonces proliferan las fake news que boicotean los canales oficiales y multiplican la alarma entre la población hasta el punto de que la Organización Mundial de la Salud tenga que habilitar un espacio en su web para denunciar estas mentiras. ¿Cuál es el interés que subyace detrás de todo esto? Sinceramente, o se me escapa o es obra de dementes.

domingo, 2 de febrero de 2020

el genoma político

No sé qué fuerzas telúricas desató la moción de censura contra Mariano Rajoy porque las cosas en el genoma político han sufrido una variante mucho más agresiva que la cepa del anterior virus. Aunque debe ser algo extensible a todos los países por los síntomas que percibimos en todo el arco geopolítico.
Pero hay algo que me resulta intolerable por no decir totalmente inasumible. Es la mentira. Esa traslación falaz de las cosas que ahora, además, se alimenta con manipulaciones digitales, se extrae de los contextos y se ubica donde mejor convenga para, dicen, dañar al enemigo político. Y no es cierto. El enemigo político sabe que las cosas no son así. A quien dañan y engañan es a los ciudadanos electores, a quienes por cierta simpatía y con el sistema crítico atrofiado ven verdades mesiánicas donde no hay más que feriantes que venden ideología defectuosa y proyectos caducados.
Y parece que cada vez es más común recurrir a la mentira sin sentir el más mínimo rubor cuando te pillan, que suele ser al minuto siguiente. O es que los políticos han agotado ya el repertorio de argumentos racionales e ideológicos o es que el cambio climático está achicando el sistema neuronal de algunos dirigentes para reforzar la parte visceral con testosterona.
La mentira es muy grave, y muchísimo más grave en política por lo que significa de fraude a los ciudadanos a los que dicen servir. Pero lo más grave de todo es que tanta mentira cacareada ejerce un efecto simpatía sobre los partidos ideológicos emparentados que al final acaban construyendo juntos una quimera falaz, con una dictadura pasada como referente, donde no hay violencia machista, las mujeres tienen que aprender a coser, los niños no pueden conocer la diversidad sexual y los inmigrantes son el famoso “coco” que ahora, además de llevarse a las niñas, las viola. La mentira es ya tan universal que nadie la denomina en su idioma materno. Ahora en todos los lugares del planeta es una “fake”.
Me cuesta creer que todo ese esperpento y su cohorte de adeptos convivan entre nosotros, gobiernen pueblos, ciudades y autonomías, y construyan guetos segregacionistas entre nosotros.
No me extraña que los partidos políticos con cierto sentido de la decencia se hayan unido a pesar de sus abismales diferencias ideológicas. De no haber sido así yo me hubiese hecho un apóstata de la política y un expatriado voluntario del pasado que reivindican.

jueves, 5 de diciembre de 2019

1028, y no existen



No seré yo quien discuta la legitimidad de las urnas. Pero sí estoy dispuesto a rechazar y combatir ideas y comportamientos que atenten contra el sentido común, los derechos humanos y la vida y la dignidad de las mujeres, por mucho que algunas de ellas blanqueen ese catecismo machista que a modo de tonadilla repiten y repiten sin cesar los “hombres” de su partido. En qué manual de democracia dice que ésta puede servir para defender el racismo, el odio, la intolerancia, el fanatismo, y hacer del negacionismo contra hechos contrastados una bandera amparada en la libertad de expresión. En qué manual de democracia se contempla la posibilidad de insultar a los pueblos, criminalizar a los menores, sólo por su origen, o defender el supremacismo según el color de la piel.
No quiero concebir la sociedad que plantean. 1028 mujeres asesinadas desde 2003, año en que se empezaron a elaborar estadísticas, y niegan la existencia de la violencia de género. Esa estadística sólo contabiliza las muertes, que no son sino el final de un calvario de vejaciones, abusos, violaciones, humillaciones y llantos en soledad. Quien niega estos hechos no conoce lo que son los derechos humanos ni la cantidad de guerras y muertes que ha habido hasta consensuar esa Declaración Universal. Quizá quieran cambiar el concepto de igualdad y derechos y sustituirlos por un sistema de castas que estratifique la sociedad. Es increíble lo que queda todavía por avanzar. Y algunos quieren retroceder hasta tener su propio califato en el que el dogma que predican sustituya a las leyes y a los parlamentos que legislan, eliminando así la pluralidad y por tanto las ideas, valores, principios y creencias contrarias a su credo. Piden incluso ilegalizar partidos.
Le escuché hace tiempo a un político decir que todos los hombres, todos, somos machistas. Y tenía razón. Sólo que algunos sentimos vergüenza por asumir esa herencia sin cuestionarla entonces, y ahora tratamos de desterrar esos demonios en nosotros mismos y en nuestras hijas e hijos. No queremos ser cómplices de una histórica injusticia.
Me duele el alma al pensar que hay gente que tiene esas ideas y las defiende como una cruzada que quiere salvar al mundo y a la humanidad de sus propios avances en igualdad y derechos. Pero me duele mucho más que existan partidos políticos que les cobijan, les amparan y les dan carta de legitimidad para entrar en las instituciones democráticas y tratar de reventar todos los consensos. La democracia hay que defenderla.

sábado, 2 de noviembre de 2019

recortadores de la política



Es difícil abstraerse de la inmediatez en un mundo acelerado por la sucesión de los acontecimientos y gobernado por las encuestas más que por los políticos, cautivos de los datos demoscópicos. Y así nos va. Cuatro elecciones generales en cuatro años. Quizá eso que parecía una gran esperanza, con el amanecer de nuevas formaciones políticas como expresión de la voluntad ciudadana para dar por clausurado el ciclo del bipartidismo, tenga también algo que ver con las turbulencias que agitan la política. Al final, inmediatez y fragmentación se solapan la una a la otra y se constituyen en elementos clave para analizar este ciclo político convulso.
La inmediatez es enemiga de la reflexión y no permite siquiera asomarse al horizonte. Los datos mandan y los políticos obedecen. Y así día a día sin más horizonte que el siguiente sondeo. Las ideologías y los proyectos políticos son esclavos de los datos y se van alterando como el rojo y el negro de una ruleta. De la nación de naciones se pasa al autonomismo, al federalismo, de ahí a procesos re-centralizadores y se acaba en la sagrada unidad de la nación. Y depende de los datos, se puede volver otra vez a la primera casilla. Y yo me pregunto ¿dónde está el proyecto político? ¿Por qué los partidos se han embarcado en trayectos de tan escaso recorrido y múltiples giros al albur de los datos?
La respuesta más sencilla sería echarle la culpa a la fragmentación, que obliga a mirar siempre de reojo a quienes te pisan los talones, antes que fijarte en llegar a meta. Es como un juego de recortadores donde lo importante, y lo único, es el quiebro inmediato para que no te coja el toro.
Pero la respuesta más sencilla no es siempre la acertada. La forma de salir de ese círculo pasa por asumir la realidad y adaptarse a ella. Si los ciudadanos han querido más partidos políticos estos deben transformar sus esquemas de llegar al poder y aplicar sus políticas desde una visión más compartida, negociada y pactada. Desterrar definitivamente sus delirios de mayoría absoluta unipartidista porque eso ya no existe. Y persistir en ello provoca cada vez más desafección ciudadana y frustración social.
La ciudadanía ha dicho lo que quiere. Y los partidos, como representantes legítimos de la voluntad popular, deben ser expresión de esos deseos. Porque eso es lo único que legitima el ejercicio del poder. La ciudadanía ha cambiado su ADN social, ahora les toca a los partidos políticos para que el divorcio no se total e inminente. Los únicos datos válidos son los que suman voluntades.

martes, 1 de octubre de 2019

trampantojos



Qué está pasando en el mundo para que “la verdad” se identifique como un valor en caída libre, hacia un pozo sin fondo, que sólo la historia recordará a pie de página como apunte de otra realidad superior. La Nueva “escuela filosófica Donald Trump” ha convertido a su líder supremo en una especie de matriuska fértil que va esparciendo descendencia por todo el planeta. A esta doctrina “trumpista” que niega la evidencia para construir realidades más a su medida, se le han sumado Boris Johnson, Bolsonaro, Salvini, Orban, y un sinfín de pequeños satélites con menos poderío pero idénticas intenciones. La matriuska va generando en una escala de mayor a menor. Su producto, la mentira, tiene una evolución a la inversa. No importa tanto el poder del personaje como la gran mentira que cuente para sumarlas todas y llenar el mundo de trampantojos que nos dificulten la visión de la verdad.
Sí, algo está pasando, para que el diario más prestigioso del mundo, The New York Times, con 170 años de Historia y referente del buen hacer, lleve casi dos años desarrollando una campaña bajo el lema “The truth is worth it” (la verdad merece la pena), o que otro medio de similar prestigio, el Washington Post, lleve desde 2017 con un contador de las mentiras del presidente Trump. Lleva contabilizadas la friolera de 10.000, en ochocientos días de mandato. Al principio la media era de cinco al día, pero en los últimos meses alcanza las 23 falsedades, todas ellas en declaraciones públicas.  No quiero hacer la cuenta y sumarles las de todos sus satélites porque el resultado sería catastrófico y muy deprimente.
Quizás el problema sea que la mentira tiene el poder y los medios para penetrar de forma imperceptible pero constante en un tejido social que ha abrazado fuentes de información manipulables, frente a la verdad desnuda que se nutre del coraje y el compromiso de quienes la abanderan como representantes de una ciudadanía silenciada por el ensordecedor ruido de los mentirosos.
Pero puede que exista esperanza mientras el Mediterráneo tenga voluntarios anónimos y emerjan personas como Greta Thunberg o Carola Rakete, por citar sólo dos, que sin más medios que la verdad, la razón y la palabra están librando una batalla casi tan imposible como desigual contra los negacionistas del cambio climático que amenaza el planeta, y que curiosamente son los mismos que dan la espalda al Mediterráneo y al drama que allí se vive hasta que se muere. Quizá piensen que es otro trampantojo de los que ellos crean.

jueves, 1 de agosto de 2019

el arte de la política


El arte de la política ha sido continuo objeto de controversia intelectual por las formas, los modos, las afecciones sociales y cómo no, por los referentes ideológicos que cada uno aplica para la transformación, se supone que a mejor, de la sociedad a la que gobierna. Sin perder nunca el fin último que es el respeto a la voluntad de los ciudadanos y la defensa de sus intereses.
Una definición teórica que a base de ser manoseada ha ido perdiendo perfiles intrínsecos hasta quedar lisa y resbaladiza como los cantos rodados. Los detalles que daban singularidad a cada uno de esos cantos han quedado completamente diluidos por la verborrea de quienes “defienden” el “respeto a la voluntad de los ciudadanos” como eslogan permanente de campaña para obtener una confianza que en muy escasas ocasiones tiene luego la reciprocidad que se espera.
No voy a descubrir nada nuevo si digo que una cosa son las campañas electorales, en las que los líderes políticos se juegan el respaldo de los ciudadanos, y otra muy diferente son las negociaciones para formar gobierno, donde lo que se juegan es el poder. Puede parecer una secuencia lógica cuya resultante obedezca al interés general expresado en votos. Pero no siempre es así. En las campañas se juega con la candidez de los votantes, se espolean sentimientos, se apela a las conciencias, se manipula la historia reciente para acomodarla a sus intereses y, sobre todo, se rehúye la más mínima autocrítica por la aportación de cada uno a la cruda realidad de las situaciones presentes. El voto de los ciudadanos se convierte en una cuestión de fe.
Pero las negociaciones para gobernar son otra cosa. La fe del votante se transforma en la astucia y la ambición del votado. En esta fase ya no se promete. El protagonismo de los ciudadanos ha caducado hasta dentro de cuatro años. Ahora se inicia un ritual guerrero cuyo fin último son las cuotas de poder. Un ritual en el que más que coincidencias programáticas se busca la confluencia de intereses de las formaciones políticas, los puestos, los presupuestos, los cargos y las posiciones dominantes. Los ciudadanos se convierten en espectadores de un sainete cuyo guion creían haber escrito pero que los exégetas van improvisando hasta representar otra obra. Es lo que tiene la libertad de creación en el arte de la política.

historia de una adopción

caminos sinuosos

Todos los caminos en la vida son sinuosos. No hay líneas rectas para avanzar porque los obstáculos surgen estratégicamente. La propia exis...