lunes, 2 de julio de 2018

“sonidos blancos”


Vaya por delante que tengo tres hijos y como todos los padres he tenido que utilizar mucho ingenio para neutralizar los berrinches de los primeros meses de vida de cada uno de ellos. A veces conseguía pequeñas victorias que me permitían encarar el futuro con optimismo. Pero el principio de realidad se imponía. Lo que sirvió para el primero resultaba ineficaz para el segundo y completamente inútil para el tercero. Era como si ellos también acumularan la experiencia de sus hermanos mayores.
He visto a muchos padres y madres llegar a unos niveles de desesperación que rayaban con la histeria. He conocido a progenitores que se pasaban las noches dando vueltas con el coche y el bebé a bordo. Por la mañana eran zombis que iban al trabajo a descansar. El colmo de la sofisticación lo presencié en casa de unos amigos. Cuando el bebé entraba en barrena colocaban el moisés sobre la lavadoras y la arrancaban en modo centrifugado. Las revoluciones que alcanzaba aquel artilugio sometían a tal meneo al pequeño que su resistencia acababa en derrota. Ese me pareció un avance significativo con respecto a otras técnicas más tradicionales, aunque quizá un poco molesto para el vecindario. En fin, cada cual se buscaba la vida como podía, se compartían experiencias con resultados inciertos.
Hace ya muchos años que pasé por esa fase y casi se me había olvidado lo persistente que puede ser un bebé. Pero hace unos días, mientras conversaba con una pareja de vecinos, observé algo inaudito. Su pequeño, de apenas tres meses, entró en esa fase en la que están muertos de sueño pero se resisten a caer. El resultado fue el esperado, comenzó a llorar y a gritar desconsoladamente. Cundió la alarma entre todos los presentes, menos en el padre de la criatura que no se inmutó. Siguió hablando con normalidad mientras sacaba su móvil del bolsillo. Lo colocó en la cabecera del cochecito del bebe justo al lado del oído de este y activó una app que comenzó a emitir un sonido extraño aunque familiar. El niño enmudeció al instante y el padre siguió hablando como si nada. Evidentemente todos preguntamos cómo había obrado el milagro. Volvió a coger el teléfono y nos dio a elegir entre varios “sonidos blancos”: Una aspiradora, un secador de pelo, una lavadora, los latidos de corazón, un ventilador, un coche en marcha, el sonido de una ducha, el golpeo de las gotas de lluvia sobre los cristales de la ventana, una radio antigua desintonizada o el sonido de una caja registradora antigua.
Sinceramente me pareció la versión digital del viejo truco de la centrifugadora. Veo que el llanto de los bebés sigue siendo una preocupación hasta para las nuevas tecnologías.

sábado, 2 de junio de 2018

ni fake news ni bitcoins


Es obvio que los nuevos tiempos, además del cambio climático, están llenando el planeta de
turbulencias políticas, sociales y económicas, una pandemia virulenta cuya cepa todo el mundo parece desconocer. Los tradicionales líderes se tambalean, las alternancias en los gobiernos se han quebrado, los partidos políticos analógicos, estructurados y organizados por simpatía ideológica, pierden fuerza y poder frente a los movimientos sociales emergentes, difícilmente identificables con cualquier catecismo ideológico de los conocidos, y las economías se parecen más a los ciclones tropicales que al siri miri de toda la vida. Sería fácil enumerar uno a uno todos los escenarios de esta especie de calderete riojano en el que cabe todo, pero es más sencillo y práctico situarlo a escala global.
Es como si el “surrealismo” se hubiera instalado cómodamente en el “realismo mágico” en el que pastaba gran parte de la clase política y económica desde hace muchos años. No hace tanto que la historia se contaba a través de las biografías de los líderes que habían abanderado los movimientos de masas y transformaciones sociales, era una especie de género literario aceptado y consolidado. Los líderes representaban y defendían ideologías que a su vez daban origen a partidos políticos para gobernar y sindicatos para equilibrar las relaciones laborales. Creo que ahora está todo diluido sin identificación de los elementos que componen la amalgama. Me temo que lo que está sucediendo en los últimos años exige la identificación de un nuevo relato, con protagonistas colectivos y anónimos que protagonicen y nos cuenten la historia que está todavía por escribir. Todavía no sé, supongo que nadie, a dónde va eso de la globalización. Le veo cosas positivas y muchas negativas, pero quiero que me devuelvan mi intimidad, que va ligada a la dignidad, y que no me la globalicen, por si acaso.
Es mejor no seguir porque me empiezo a agobiar. Echo de menos las cartas manuscritas, quiero seguir siendo de izquierdas sin tener que ir contra nadie, sólo para soñar con cambiar a un mundo mejor; me gustan las zapatillas de franela con cuadros marrones; quiero seguir leyendo los periódicos en papel y que las noticias me las cuenten los periodistas y no las redes sociales, porque las redes son para pescar y a mí no me gusta que me pesquen; y quiero seguir llamando al técnico de mi pueblo para que me arregle la tele sin tener que cambiarla por otra, a ver si así consigo ver los programas de antes y no los de ahora. No me interesan las miserias de la gente famosa. Prefiero que Aingeru me cuente los chascarrillos del pueblo mientras arregla el aparato y le pago en pesetas. Ni fake news ni bitcoins.

miércoles, 2 de mayo de 2018

diplomacia florentina



Sabemos que todas las épocas convulsas de la vida política y social han de llegar a un punto de sosiego y moderación porque la tensión permanente resulta insoportable para todos los agentes. El problema es que la propia naturaleza humana nos lleva a escalar en el conflicto hasta el agotamiento para, simplemente, no tener más remedio que volver al punto de partida y desbrozar nuevas posibilidades de alcanzar el mismo fin. El mito de Sísifo se ha convertido así en la hoja de ruta de la mayor parte de la clase política. Hay que buscar la confrontación hasta el final aunque el final sea llegar de nuevo al principio.
Algo así ha pasado en las últimas semanas en el mapa político español en el que se viven luchas fratricidas en las familias de las derechas e igual de cruentas en las de las izquierdas. La proximidad ideológica concita más envidia que pasión y más odio que amor. Pero eso no impide que mantengan una unidad de acción y una visión centrípeta compartida sobre el conflicto catalán y la aplicación del 155. Y entre tanta intriga palaciega, los súbditos del reino reclaman en las calles que se les devuelva la dignidad y el futuro que les pertenece.
Por fortuna hay excepciones que en tiempos de crisis desempolvan los principios de la interlocución, cooperación y respeto, al viejo estilo de la diplomacia florentina, y optan por desactivar los conflictos buscando puntos de encuentro que beneficien a todos, aun manteniendo muchas de las diferencias. En síntesis, la utilización de la astucia y la inteligencia frente a la “razón” de la fuerza, en la que siempre gana, evidentemente, el más fuerte.
Desde que el conflicto catalán entró en un aparente punto de no retorno en las relaciones entre el Estado y el Parlament, ha habido agentes activos que han desplegado de forma discreta por toda Europa, y entre las partes en litigio, una suerte de intermediación diplomática que a tenor de las declaraciones de las últimas semanas puede tener como resultado un diálogo civilizado y respetuoso que aporte algunas soluciones políticas asumibles, también en el plano de recuperar la dignidad y el futuro.
No es casualidad que los florentinos, los mismos que desplegaron una diplomacia singular, adoptaran el “David” de Miguel Ángel como símbolo de la ciudad, la victoria de la astucia frente a la fuerza. Ya sólo falta que los dioses levanten a Sísifo su castigo de subir y bajar eternamente una piedra de la montaña y se pueda trazar otra hoja de ruta que nos lleve a algún destino concreto. Al fin y al cabo las alianzas ya no se hacen para las guerras sino para conservar la paz.

lunes, 2 de abril de 2018

referentes


Creo que cada generación aporta muchas cosas al tiempo que le ha tocado vivir. Surgen movimientos sociales que abanderan causas a veces utópicas pero que despojadas del lirismo revolucionario y los caireles de la estética,  trazan la senda y van desbrozando el camino que hay que andar.
Particularmente, en el tiempo que me ha tocado vivir hasta ahora, he tenido dos experiencias que dejarían impronta en la vida de cualquiera. Me considero, por un lado, hijo pequeño de aquel mayo del 68 que levantó las alfombras de una sociedad europea anquilosada, anclada a unas tradiciones clasistas y conservadoras, y aportó nueva savia social y unos valores que parecían consolidados con los años. La preocupación por la naturaleza se socializó, el rechazo masivo a las armas como sistema de resolución de conflictos fue incluso capaz de paralizar guerras. Los jóvenes rompieron sus cadenas ideológicas y morales y apostaron por un mundo diferente,  mejor. Cayeron muchos tabúes. Se acuñaron eslóganes que desterraron viejas doctrinas y crearon nuevos espacios de pensamiento libre, creativo y rompedor. Había nuevos referentes sociales, intelectuales, personas e ideas. Esas fueron mis clases de catequesis de la vida.
Parte de esa generación fue también protagonista de otra fase importante de mi formación. La Transición, sus prolegómenos y su desarrollo. Fue una segunda etapa con muchos referentes. Descubrí y viví la política y sus potencialidades para provocar transformaciones sociales más solidarias, comprometidas, más justas y democráticas. Procuré quedarme con valores y aportaciones ideológicas pero no doctrinarias. Me dejaron mucha huella y nuevas formas de ver la vida.
Ahora, llevo varios años descolocado. Veo abulia social, resignación, mucha desafección con el compromiso social y los únicos “referentes” que encuentro son  tv-charlatanes a gritos, Barbies influencers, redes sociales del género de las gallináceas, algún intelectual desubicado y muchos ladrones de dignidad y dinero.
Pero echo cuentas y me animo un poco. Los jóvenes del mayo francés tienen ahora entre 68 y 70 años, son jubilados, se han echado a la calle. Han salido de su letargo para pegar, una vez más, una sacudida a la sociedad y la están zarandeando. Su lucha se contagia y se abre a las nuevas generaciones. Son los nuevos referentes… los de antes. Ojalá prenda la mecha del relevo.

jueves, 1 de marzo de 2018

alguien está tocando la puerta

Las huelgas y las manifestaciones son acciones legítimas que la ley ampara y protege
como un derecho de los trabajadores para reivindicar mejoras salariales y sociales. Bien es cierto que se trata de un recurso extremo cuando ya se han agotado todos los procesos ordinarios de negociación.

Quizá, una de sus características fundamentales es que se produce por colectivos y siempre, o casi, obedece a intereses sectoriales. Sus niveles de afección en la población en general son molestos pero no determinantes para el normal desenvolvimiento de la vida ciudadana.
Pero hay movilizaciones que por el espectro social que abarcan marcan un antes y un después en la vida de todos. Y sí afectan a la vida de todos. El movimiento del 15 M ha sido un primer aldabonazo al sistema y a sus regentes. Una reacción social colectiva que supera cualquier interés sectorial y pide un cambio de paradigmas en las reglas de las políticas y los mercados, una democracia distributiva real y tangible. Las clases medias han empobrecido, los asalariados sobreviven a una inexorable pérdida del valor de su trabajo, los jóvenes tienen un futuro precarizado sin fecha de caducidad, y los parados… sólo aspiran a alcanzar las limosnas del sistema.
Alguien a quien no se esperaba está tocando ahora a las puertas. Alguien les ha cabreado. Son los que más o menos se las arreglaban para ir tirando con las rentas de una vida laboral concluida, después de decenas de años al pie del cañón. Miles de jubilados y pensionistas han salido de un reposo bien ganado y están ahora tomando las calles. Sus pensiones, un salvoconducto para el resto de su vida y un asidero milagroso para el presente de sus hijos y nietos, valen cada vez menos. Son como un salario mínimo familiar, el último eslabón que apenas sostiene en muchos casos a una cadena generacional sin apenas recursos y con muchas obligaciones.
Creo sinceramente que no queda ya ningún otro colectivo social que no esté indignado. Los gobiernos, el que corresponda en cada momento, no se encuentran con una manifestación de personal sanitario, más o menos llevadera. Tienen enfrente una movilización general de enfermos que no soportan más la situación y tienen poco que perder ante una deriva que les abocará a un estado terminal si no hay un cambio de rumbo. Un magma social en ebullición.

Salvando el tiempo y las distancias, a muchos gestores del sistema les vendría bien leer “La madre”, de Máximo Gorki, para comprender que las personas mayores pueden pasar, y pasan, de meros espectadores a protagonistas, cuando la situación lo requiere.

viernes, 2 de febrero de 2018

La utilidad de lo aparentemente inútil

Hay patologías sociales muy difíciles de erradicar en el corto plazo pero que se expanden exponencialmente si no las abordamos con medidas estructurales, transversales y, a veces, hasta de carácter urgente.  Los episodios de violencia infantil y adolescente que vemos en los últimos años en calles y ciudades de todo el mundo son cada vez más frecuentes. Lo que antes eran hechos aislados son ahora objeto de estadística y estudio por su número y reiteración. Vemos videos con palizas grabadas en patios de colegio, agresiones sin causa aparente en plena calle, ataques xenófobos contra mujeres y hombres casi siempre indefensos, humillaciones y vejaciones a indigentes que se cobijan del frío en los cajeros automáticos, bandas de macarras que se citan para pelearse a navajazos porque sí…
Este último mes nos han tocado de cerca varios sucesos luctuosos que nos han conmocionado sobremanera. Se ha roto una barrera que hasta ahora no imaginábamos. Una pelea entre colegiales o navajazos entre bandas es algo que entra dentro de lo previsible. Pero que niños de catorce años entren en un domicilio y se ensañen con dos ancianos hasta matarlos a golpes con extrema crueldad es algo que no habíamos soñado ni en nuestras peores pesadillas.
Ahora la pregunta general es cómo hemos llegado a esto. Para mí la respuesta ya no tiene razón de ser. Hemos llegado. El gran interrogante es cómo salimos, cómo hacemos para que estos hechos no se repitan. Cómo hacemos para que la cadena de valores que se transmite de generación en generación no quiebre. O para inculcar nuevos valores donde no han  existido o estaban viciados por unos padres marginales. Es importante la educación, en casa y en los colegios. Es importante la cobertura y el amparo social a unos principios de comportamiento y convivencia. Es importante la implicación social con las víctimas de la desidia y el desarraigo, desafectos de una mínima ética. Adultos y niños.

Quizá el alcalde tenga razón y su proyecto de hacer de Bilbao una ciudad de valores sea menos etéreo de lo que creen sus detractores. Costará años, proyectos de convivencia y esfuerzos personales e institucionales, pero quizá lleguemos a descubrir como  el profesor y filósofo Nuccio Ordine, “La utilidad de los inútil”.

martes, 2 de enero de 2018

la gran carencia de nuestro tiempo

Empezamos bien el año. El todopoderoso Donald Trump anuncia recortes en sus aportaciones a la ONU porque no le ríen la gracia de reconocer a Jerusalen como la capital de Israel. Tiene narices el empecinamiento de este señor por hurgar en todas las heridas del mundo. Los millones de huidos de países en guerra siguen deambulando por las fronteras exteriores de Europa como extras involuntarios de walking dead. No sabemos cuantas temporadas tendrá esta macabra serie, pero sí sabemos que no es ficción sino drama y vergüenza para todos. ¿Sabe alguien a estas alturas cuántos son y por dónde andan? ¿Qué ha sido de ellos? Seguramente no. Estamos a otras cosas. La economía de la zona euro se recupera, el divorcio de los británicos con el continente pende de los desacuerdos económicos, la caja española de las pensiones está prácticamente liquidada, los riesgos de debacle electoral alimentan promesas de incremento del salario mínimo interprofesional, los catalanes juegan su batalla política por la economía… En síntesis, todo por la pasta. Hasta los sistemas educativos se han transformado para encadenar profesionales al servicio de la economía y las necesidades de los mercados antes que personas críticas, solidarias y con libertad de pensamiento. Porque esto último sólo lo aporta una formación sólida en humanidades. Y esa es la gran carencia de nuestro tiempo, el desarrollo humano, el conocimiento como herramienta de pensamiento que nos permita humanizar nuestros objetivos, las economías y los mercados más allá del mero afán de crecimiento. El crecimiento como personas, no como incremento patrimonial. Anteponer lo crematístico a lo ético es precisamente la gran pandemia de este siglo, la satisfacción individual por encima del bien colectivo.
Ese concepto de sostenibilidad inventado por el marketing empresarial está pervertido de origen. No se trata de revertir los excedentes de nuestros beneficios, lo que nos sobra, sino de compartir lo que tenemos para construir colectividades sociales más justas e igualitarias. Una formación humanista en valores, en justicia social, difícilmente nos permitiría convivir con el drama del Mediterráneo, con los indigentes que habitan los bancos y puentes de nuestras ciudades, con las carencias de nuestros vecinos en paro, con los refugiados itinerantes sin rumbo fijo porque se les cierran las puertas de nuestros hogares por temor al contagio. Nosotros empezamos cada año con las uvas y el cava. ¿Cómo y dónde empiezan ellos? Igual que lo acabaron. No se sabe.

sábado, 2 de diciembre de 2017

me vuelvo al fútbol


Decididamente me quedo con el fútbol. Es imprevisible en el juego y en los resultados. Es dinámico, depresivo, patético y de nuevo magia y euforia. Todo en muy poco tiempo. Nos revuelve los sentimientos, los estados de ánimo, nos cabrea solos, con el mundo, con el vecino, con el jugador y con el entrenador, con el presidente y con el Club… y nos reconcilia con todos a la vez. A veces somos nosotros mismos y otras no. Todo transcurre en segundos. No hay nada que nos sumerja más en tan poco tiempo en semejante torbellino de emociones.
He seguido en los últimos meses, con mucha más atención que los años anteriores, todas las jugadas del “proces”. Hasta el punto de que el Athletic me resultaba secundario. He leído cientos de páginas escritas y opiniones para todos los gustos. Todo era en blanco y negro. Hubo un momento en el que desenlace me resultaba incierto. Veía movimientos en el tablero sin que acertara a qué lógica podían obedecer. Mucha actividad de peones alborozados, convencidos de la victoria de la causa que abanderaban.
Entretanto, las figuras de los jugadores contrarios se adivinaban en actitud taimada. Pocos movimientos pero sibilinos. Aparente tranquilidad que ocultaba las erupciones volcánicas por llegar. La calma previa a la tempestad. Para mí todo era incertidumbre, interés y dudas. Hasta que un movimiento de la figura del rey hizo que comenzara una danza guerrera que movilizó toda la caballería y artillería del monarca.
Ahí se acabaron todas mis dudas. Una visión general de los contendientes en el campo de juego arrojaba como resultado previsible una victoria por aplastamiento. El alborozo de los peones contrarios empezó a zozobrar, la voluntad de algunos de sus líderes empezó a quebrarse. Donde hubo organización triunfó el desasosiego y lo que parecía estrategia mutó en desorden. Todo, todo, todo… era previsible ya. Imposible la sorpresa del gol en el último minuto.
Decidido. Me vuelvo al fútbol con todas sus imperfecciones y toda su capacidad de alterar emociones. Tiene magia, a veces negra y a veces blanca, que permite intercambiar el rol de los protagonistas, desestabilizar lo previsible y dar oportunidades al más débil. Cada minuto es un suspiro sin relación con el siguiente.
Sí, me vuelvo al fútbol, aunque por el rabillo del ojo sigo mirando a Catalunya. Nunca se sabe lo que deparará el tiempo de descuento.

jueves, 2 de noviembre de 2017

una propuesta ciudadana

Nada más lejos de mi intención que decirles a los responsables de las áreas culturales de Bilbao cómo hacer su trabajo. Pero me aferro a esa nueva y sana moda de la participación ciudadana en la gestión de las instituciones, aunque la última palabra la tengan estos organismos. De ahí mi osadía para hacer una propuesta que posiblemente enriquecería nuestro patrimonio cultural colectivo, socializaría aún más el mundo del arte, sin tener que pasar por taquilla, y estimularía una dinámica de calidad  y dinamismo en la calle y entre los ciudadanos, no sólo como reclamo para acceder a los museos sino como espectáculo público y de ciudad en movimiento.
El Guggenheim alberga innumerables obras de arte en su interior, programa exposiciones clásicas y vanguardistas y nos acerca cada temporada grandes tesoros de la historia, de la creación humana, de la genialidad de los espíritus rebeldes. Pero también existe un continente majestuoso y soberbio que constituye por sí mismo una obra de arte de carácter universal, reconocible y reconocido. Un gigante de titanio moldeado por la necesidad de Bilbao de resurgir del polvo del hierro y la visión de un genio que supo interpretar el paisaje, el carácter y el espíritu sensible y aventurero de la villa. Un buque insignia sin el que Bilbao ya no sería lo mismo. Tampoco el museo sería lo mismo si no estuviera en Bilbao.
Pero el Guggenheim tiene una serie de satélites que por sí mismos, uno a uno, constituyen todo un universo creativo. Nadie concibe el museo sin su perro guardián Puppy, amable con los visitantes, sonriente, primaveral todo el año y posiblemente el photocall más colorido y solicitado de Bilbao. Nadie escapa al imán de su encanto ni a la tentación de la foto. Pero si Puppy custodia la entrada no es menos desdeñable la presencia de la araña Mummy al borde de la ría. Esbelta, protectora, escurridiza y discreta, refleja también un universo de sensaciones difíciles de trasladar a palabras pero que reconfortan el espíritu.

Se han cumplido ya 20 años desde el denominado “milagro”, que no es otra cosa que visión, compromiso, esfuerzo y trabajo constante. Y en ese vigésimo aniversario hemos tenido la oportunidad de deleitarnos durante cuatro días con lo que algunos llaman espectáculo y que para mí es una obra de arte. Una obra de arte que a través de imágenes dinámicas, armónicas, a veces transgresoras y por momentos fulgurantes, con un lirismo envolvente y cautivador, ha dotado de vida a un edificio que expresa mucho pero permanece inerte, varado en la propia ría. El Guggenheim merece tener en su colección permanente ese universo de color y sonido que le dé, cada día o cada semana, vida social exterior e interactúe con la ciudad. Esa es mi propuesta ciudadana.

miércoles, 2 de agosto de 2017

La “justicia” de la duda

Ya sé que no voy a ser políticamente correcto, ni a favor de la corriente de los nuevos pensamientos que dudan de todo y de todos. Aunque más que dudar diría que cualquier sospecha dicta veredicto popular de culpabilidad. Hay cosas que me parecen tremendamente injustas con algunas personas, con su valía profesional y con sus capacidades.
Hace unos años, la mujer de un consejero del Gobierno ascendió a un puesto profesional de alta responsabilidad en el Departamento que él dirigía. Llovieron las críticas por ser la mujer de… De nada sirvió su titulación, su cualificación profesional reconocida por sus propios compañeros, su trayectoria y su formación en una especialidad que ha sido su profesión desde que entró en el mundo laboral y de la ciencia. Era la mujer de… y hubo quien se encargó de propalar sospechas e infundios que cuajaron, aunque la evidencia dijese lo contrario. Obvio los nombres pero no con intención de ocultar sus identidades sino porque estarán hasta las narices de salir en las tribunas políticas y en “los papeles” sin comerlo ni beberlo.
Hace un par de meses hicieron director de orquestas de una comunidad al hermano de un conocido político madrileño. Había hecho toda su carrera musical en Dirección de Orquesta en San Petesburgo y tenía una trayectoria profesional impecable. Sentí la misma sensación. Su caso se aireó públicamente sembrando sombras de duda. De sus capacidades, ni hablar. Pasó de ciudadano anónimo, con su propia vida y profesión, a ser el hermano de…, que no es otra cosa que sinónimo de sospechoso de enchufismo.
Ahora pasa lo mismo con una periodista de ETB que lleva treinta años de trayectoria profesional brillante y contrastada. Va a ocupar un puesto de responsabilidad que ha ejercido en otras ocasiones. Pero su marido es consejero del Gobierno y consiguientemente ya está en las tribunas políticas y en los medios.
Entiendo que toda la caterva de corruptelas y chanchullos que salpican la política genere zozobra, desconfianza y hasta cabreo en los ciudadanos. Pero la ira nada tiene que ver con la justicia ni se puede volver justiciera ante las sospechas. No puede ser que alguien que ha dedicado toda su vida a formarse profesionalmente no deba acceder a puestos que ronden la periferia de la actividad de cualquiera de sus familiares, sólo porque a los ojos de los “dudosos” no es estético. Pues yo tampoco soy estético, ni me visto a la moda para seguir la corriente. Me visto como me gusta, como me da la gana, y creo en la valía profesional forjada a través de años de esfuerzo y sacrificio. Me parece bien que para cualquier puesto se busquen los méritos profesionales y que acceda el mejor, pero que una relación de parentesco en ningún caso sea un demérito. Es una cuestión de justicia hacia esa persona. Lo demás es una actitud carroñera.

historia de una adopción

caminos sinuosos

Todos los caminos en la vida son sinuosos. No hay líneas rectas para avanzar porque los obstáculos surgen estratégicamente. La propia exis...