jueves, 2 de febrero de 2017

la que se avecina

Algunos pensábamos que el mundo había dado un pequeño paso adelante con la elección en Estados Unidos de un presidente demócrata negro. Ocho años de mandato con algunos avances y muchas promesas incumplidas. Incluso se le concedió un premio Nobel prematuro porque le compraron la piel antes de que cazara al oso. Pero bueno… algún avance sí que ha habido. Nos quedaba la esperanza de que el giro copernicano que se parecía barruntar entre el electorado norteamericano llevaría a una mujer a la Casa Blanca. Dos hitos que, de consumarse, hubieran desterrado prejuicios machistas y racistas muy arraigados en una sociedad con vitola de conservadora. Porque, no nos engañemos, nos importa más quién Gobierna los Estados Unidos que la presidencia del Consejo de Europa.
Pero no ha sido así. Los únicos que han acertado contra todo pronóstico han sido los guionistas de los Simpson. Hace ya años que hicieron a Donald Trump presidente de los EE.UU. en algunos capítulos más memorables. Ahora me da miedo pensar en esa visión premonitoria. Tengo que recuperar esos capítulos para ver cómo discurre la trama y recordar a qué dedicaba el personaje sus ocurrencias. Como se parezcan algo a lo que ha anunciado que va a hacer sólo nos queda pensar en “la que se avecina”.
Porque ese personaje rubicundo con laca, impostado, ignorante y faltón ya se ha cargado de un decretazo la reforma sanitaria de Obama; ha dado la orden de construir otro muro de la vergüenza en toda la frontera con Méjico y amenaza con retirar fondos federales a las ciudades y pueblos que sean permisivos con los inmigrantes sin papeles. Por no hablar de la que está liando con los tratados internacionales de comercio que tienen los Estados Unidos con medio mundo mientras se mofa de las medidas contra el cambio climático. Y creo que todavía no ha hablado mucho de intervención en conflictos bélicos, aunque el traslado de la embajada norteamericana de Tel Aviv a Jerusalén algo apunta.
Me estoy empezando a dar miedo a mi mismo recordando todas estas cosas, pero ya es tarde para desistir. Me vienen a la cabeza sus declaraciones de los últimos meses contra todo y contra todos y no soy capaz de destilar nada bueno. Cuando no menosprecia a las mujeres, por poner algo suave, se mete con los homosexuales, desprecia a los inmigrantes de países árabes, llama delincuentes a los mejicanos… en fin. Estados Unidos: intolerancia año 0.

Si esta es la que se avecina, “aquí no hay quien viva”.

lunes, 2 de enero de 2017

diálogos de mesa

Días de teatro y música, de espectáculos indoor y tertulias con desenlace incierto. Todo parece girar en torno a la cultura y la familia, dos elementos no siempre bien conciliables. Estos días de fiestas navideñas he asistido casi como espectador a dos discusiones familiares sobre la cultura, sus valores, su necesidad de popularización, sus fuentes de financiación y el valor de los creadores aunque no obtengan rendimientos tangibles sobre el capital intelectual invertido, más allá de un reconocimiento que apenas llega para poder comer.
En mi familia, creo que como en todas, tenemos adeptos a los dos bandos en litigio. Por un lado están los artistas, los que tienen su vocación y su devoción unidas indefectiblemente a todo su tiempo: el teatro y la música. Y por otro los pragmáticos, los que apenas conciben el desarrollo de una actividad profesional sin unos beneficios que les hagan ir subiendo en la escala social y profesional, al margen de los reconocimientos intelectuales.
Sería casi milagroso, oídas cada una de las argumentaciones, que se llegara a una entente cordial. Las posiciones son numantinas y los argumentos cerrados y encastillados en la defensa de la actividad a la que se dedica cada uno.
Pero sí existe un punto de encuentro que es la amalgama que da consistencia a ese encuentro familiar. Es la mesa, la conversación, aportar cada uno en la medida de sus posibilidades y compartir sin medir cuanto le toca a cada uno según lo aportado. Es pasar del pensamiento de masas a los diálogos de mesa. Es lo que da auténtica armonía y sostenibilidad al encuentro familiar. Es el punto de encuentro de dos sensibilidades que por sí mismas parecen antagónicas pero son capaces de convivir y compartir.
Porque la sostenibilidad de la familia, del sistema y de la sociedad tiene necesariamente que estar basada en la solidaridad. No concibo una mesa con todos en la que cada uno coma sólo de lo suyo. Si buscamos la rentabilidad a todo corremos el riesgo de quedarnos sin creadores, sin arte, sin pensamiento crítico, sin una gran parte de una sociedad que aporta riqueza intelectual. Aunque no sea tangible para el bolsillo, sí lo es para nuestra formación y nuestros valores como personas.

El concepto de sostenibilidad no existe, no es nada sin el de solidaridad. En nuestras familias, en nuestra sociedad y, por supuesto, con los refugiados.

miércoles, 2 de noviembre de 2016

juego de tronos



No soy un prototipo de telespectador ni un seguidor de series famosas por muchas multimillonarias audiencias que tengan. Evidentemente no hago bandera de ello porque creo que es una cuestión de dejadez por mi parte y de tener jerarquizadas mis prioridades hacia algo más terrenal. Tampoco critico a quienes las siguen. Pero sí soy lector empedernido de los medios de comunicación, desde la portada, deteniéndome especialmente en las páginas de política, hasta la última página.  Estos días me he encontrado con que se están rodando algunos planos de una  de esas series que bate records de audiencias y levantan pasiones entre sus seguidores. Y no me he podido sustraer a la curiosidad de preguntar en qué consiste eso de “Juego de tronos”. Los pocos que en mi entorno han visto algunos capítulos me relatan que se desarrolla en un país y en un reino imaginario donde las intrigas palaciegas se mezclan con paisajes idílicos, traiciones, sexo y muerte de algunos protagonistas para dar entrada a nuevos personajes. Algo que parece apasionante. Pero no me parece que en este caso la ficción supere a la realidad. Aquí, en un país real, en el último año hemos asistido a la primera temporada de un “Juego de trolles” en el que el milagroso superviviente de una cascada de corrupciones ha perdido poder absoluto. Pero su tancredismo político le ha servido para que entre todos sus adversarios se haya desencadenado una virulenta lucha por el poder.  Aunque el ciudadano monaguillo le sigue fiel.
El llamado partido de la alternancia se ha desangrado de tanta puñalada por la espalda, abrazos fratricidas, ambiciones semi-ocultas y soberbias incontrolables. Ya no son alternativa ni de lo que eran
Los emergentes se han comido al de la izquierda de siempre y los dos que quedan se tiran ahora de los pelos en las redes sociales al grito de “la calle es mía”. Sólo es sano debate… dicen. Y no sabemos si las mareas son vivas o muertas dentro de ese mar de confusión. Lo único claro es que el Congreso de los Diputados les parece algo lúgubre y tedioso. No hay mucha marcha. Les gusta más La Moncloa.
¿Juego de tronos?...
Me quedo con nuestro juego de trolles. También lo podemos ver en las teles abiertas sentados cómodamente en el sofá. Eso sí que asusta.

sábado, 1 de octubre de 2016

juego de espejos


HAY un mundo aparente en algunos políticos que empieza a parecerse a la teletienda. Todo son remedios casi milagrosos que luego se trastocan en pequeños fraudes al consumidor. Ni la ropa sale planchada, ni las manchas desaparecen ni el artilugio de cocinar maravillas tiene nada que ver con un buen puchero a fuego lento.
Como colectivo de personas debemos tener cara de estúpidos vistos por los ojos de los grandes estrategas de las campañas. Nos venden unas burras que luego individualmente no las compraría nadie. Y no entiendo cómo podemos ser un colectivo estúpido cuando uno a uno no nos consideramos así. Pero el resultado es que acabamos cayendo en las redes de los mensajes que lanzan los telepredicadores que arreglan el paro, la pobreza, las enfermedades, el fracaso escolar y otras tantas cosas, en cuatro días más o menos. A otros, más serios, les cuesta al menos cuatro años empezar a poner orden.
En ese bombardeo de eslóganes curiosos, y nada dogmáticos según ellos, hay quienes aspiran incluso a conquistar nada menos que El Cielo, algo que se ha vuelto contagioso. Pues hombre, yo pienso que si se portan bien y son creyentes es un objetivo alcanzable. Lo jodido es arreglar de verdad lo que está pasando en la tierra. Y no sé si está precisamente en El Cielo el cuadro de mando que puede solucionar las cosas más terrenas. Pero lo cierto es que la gente, esa que uno a uno no parecen tan tontos, les cree y confía en ellos. Porque lo dicen en la tele y lo dice la tele, algo que ya inventaron los reverendos norteamericanos hace muchos años para llegar a las masas sin tener que patear las calles.
Es como la transmutación de la política en algo más relacionado con la fe, que para algunos mueve montañas sin despeinarse.
Particularmente pienso que si fueran más sinceros, pragmáticos y menos telepredicadores, más andarines, si se desprendieran de esa vocación de crear sectas de seguidores en lugar de ciudadanos críticos que estimulen y controlen las acciones de los gobiernos, todos nos miraríamos de otra forma.
Ya sé que colectivamente nos consideran estúpidos, pero todo es un juego de espejos en los que nos reflejamos todos. Nosotros y ellos. Y la imagen que tenemos unos de otros es la misma.

lunes, 1 de agosto de 2016

no, es no



Hay cierto primitivismo en la naturaleza humana que ni la cultura ni la educación han sido capaces de neutralizar en algunos individuos. Siguen manteniendo los mismos comportamientos de la ley de la selva en su versión más miserable, individual y grupal. Pero ahora de forma más taimada. Aprovechan los momentos lúdicos y festivos, aquellos en los que nos desinhibimos de muchos de nuestros prejuicios sociales más aparentes, para superar barreras que siempre deben ser infranqueables. Nada, nada puede justificar la violencia ni la falta de respeto hacia las personas, y muchos menos la violación de su voluntad y de su cuerpo.
La sociedad y las mujeres llevan toda la vida, desde que el mundo es mundo, en una pelea constante, agotadora e interminable, buscando una igualdad y un respeto que por derecho natural les corresponde y que muchas sociedades, muchos energúmenos y muchas civilizaciones les hurtan por conveniencia, relegándolas a un papel biológico-reproductor, casi un complemento y fiel escudero de la voluntad y las necesidades del hombre.
Las fiestas de Bilbao y las de todos los pueblos pueden y deben ser un buen momento para iniciar un activismo militante contra la discriminación, contra la desigualdad, contra la infamia, contra esas carencias sociales que nos estigmatizan como individuos porque somos incapaces de considerarnos y respetarnos en pié de igualdad, de reivindicarnos como personas.
Hay quien piensa que hemos avanzado. Yo creo que estamos en el punto de partida. Todavía estamos por debajo de la cota cero que debe marcar el inicio de una construcción social justa y consolidada. No puede haber un solo caso de discriminación ni de violación porque eso nos mancilla a todos. La oportunidad de la fiesta no puede ser la de la impunidad del agresor sino la de su marginación, rechazo y condena, hasta aniquilarlo de la sociedad. No podemos hacer de nuestras fiestas un carnaval veneciano en el que la ocultación de la identidad daba pié a todo tipo de vendettas y actitudes miserables, abusos e ignominias.
Los hechos que han aflorado en las fiestas de nuestra periferia nos deben remover las entrañas. Los puntos negros y las zonas de sombra no están en nuestras ciudades sino en los individuos que las aprovechan, en los grupos de salvajes que se escudan en el alcohol para aprovecharse por la fuerza de la debilidad de otra persona.
Es cierto que debemos urbanizar nuestras ciudades evitando las zonas opacas, hacer todo lo que pueda contribuir a evitar esta lacra social, pero la auténtica construcción no es la del ladrillo sino la de la cultura, la conciencia y el respeto.
Quede claro que no pongo en entredicho las políticas de igualdad, los esfuerzos de muchos grupos de mujeres y hombres por el respeto como personas en las fiestas, el trabajo y la vida misma. Pero a la luz de los hecho no parece suficiente. Ni siquiera sé lo que hay que hacer para que alguien entienda que No es No. Por eso, ante la impotencia de no saber cómo erradicar este cáncer, me queda el recurso a la denuncia, a la expresión de mi indignación, en la confianza de que a alguien le sirva para pensar como persona antes de comportarse como un animal.

historia de una adopción

caminos sinuosos

Todos los caminos en la vida son sinuosos. No hay líneas rectas para avanzar porque los obstáculos surgen estratégicamente. La propia exis...