viernes, 2 de junio de 2017

“apartheid” subvencionado


Hay contradicciones sociales que no alcanzo a comprender por mucha ley que las ampare. El Tribunal Supremo acaba de dictar sentencia a favor de los colegios de enseñanza segregada y su derecho a recibir subvenciones públicas al igual que cualquier otro centro de enseñanza concertada cuyo alumnado sea mixto.
Parto del principio de que, desde mi punto de vista, si volcamos todos los esfuerzos presupuestarios exclusivamente en la enseñanza pública esta mejoraría sustancialmente y se reduciría sobremanera la diferencia de resultados con el sector privado. Y no creo que esto cercenase el derecho de los padres a elegir libremente el centro. Cada cual opta por lo que considera mejor. Pero como otras cosas en la vida, se trataría de garantizar unos mínimos dignos y competitivos para todos, sin que las opciones particulares detraigan ni un euro del proyecto común y solidario.
No obstante, es una evidencia que hay centros privados concertados, pero también lo es que en la mayoría de ellos no se separan a los alumnos de las alumnas, sino todo lo contrario. Son integradores, enriquecedores para la convivencia e impulsores de un sistema de igualdad y no discriminación que todavía se resiste en nuestra sociedad.
Por eso no entiendo cómo esa sentencia puede casar con las políticas de fomento de la igualdad que se realizan desde las administraciones, hasta el punto de crearse hasta un ministerio para este fin.
Viví una experiencia similar en mis primeros años de juventud. Aunque en el mismo centro, los chicos no compartíamos aulas con las chicas. El resultado de este “apartheid” consentido y ahora subvencionado era que lo que pasaba en las aulas se reproducía en la calle. Apenas convivíamos unos con otras. Afortunadamente duró poco y se impuso la cordura.
No entiendo qué tipo de sociedad reflejan estos colegios ni qué valores morales interiorizarán sus alumnos. Lo que se aprende y se vive en cualquier centro de enseñanza debe servir como ejemplo de comportamiento en una sociedad liberada de ciertos tics ultraconservadores y reaccionarios. Creo que es nocivo para los propios alumnos y, por supuesto, para toda la sociedad porque aumenta el sexismo y los estereotipos. Y esa no es la sociedad en la que viven, o al menos en la que vivimos los demás.

Confío en que los recursos que se han anunciado ante el Tribunal Constitucional restituyan el sentido común en nuestro sistema de enseñanza. Al fin y al cabo, la Constitución consagra la no discriminación “por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición”. Por el bien de los alumnos.

martes, 2 de mayo de 2017

figurantes del “gran hermano”

No tengo ni idea de cuántas empresas, organismos, instituciones o particulares tienen datos personales, y muy personales, sobre mí. Cada formulario que relleno, hasta para la cosa más nimia, se me antoja una confesión obligada de intimidades cuyo valor para otra persona no alcanzo a comprender. En realidad, que yo sea consciente, no tengo nada que ocultar. Como todos en la vida, habré cometido aciertos y errores. Pero tampoco me apetece ser un figurante de ese “gran hermano” en el que se ha convertido la globalización para alimentar las nuevas tecnologías y su explotación por parte de una mercadotecnia intrusa, invasiva e insolente. Se cuelan en nuestra intimidad, violentan nuestra vida familiar y nos hacen perder mucho tiempo aunque solo sea borrando mails.
Entiendo que, en muchos casos, todas esas bases de datos bien administradas pueden tener un beneficio directo sobre las personas como la curación de enfermedades y los estudios genéticos que pueden prevenir males mayores. Entiendo que la sanidad y la seguridad públicas dispongan de los datos necesarios para hacer su trabajo dentro de unas garantías deontológicas y de legalidad. Pero no entiendo por qué figuro en cientos o miles de archivos que me bombardean a diario con propuestas que ni he pedido ni me interesan. No sé cómo me han incluido pero sí estoy seguro de que esa red me ha atrapado sin ninguna posibilidad de enmienda.
Ahora, por si fuera poco, en algunos países se está empezando a incluir obligatoriamente la confesión religiosa entre los datos que tienen que aportar sus ciudadanos. Las constituciones democráticas regulan expresamente la libertad de culto, sexo, ideología o cualquier otro ámbito de la intimidad de las personas. Lo del culto, digo yo, será por si hay que investigar terroristas. Luego será la ideología la que haya que consignar. Por lo visto les parece una buena formar de identificar corruptos, rojos o separatistas. Y no digo nada de cuando nos fichen hasta las tendencias sexuales. Aquí querrán buscar amantes, cornudos y cornudas, infidelidades y hasta bastardos no identificados.
Lo último es la huella digital para comprobar que somos los que decimos ser. Como si fuéramos analfabetos y no supiéramos escribir y firmar. Demasiada tecnología para tan poca efectividad.
La verdad es que estoy empezando a ver coartada mi libertad de sexo, religión, ideología y ciudadanía. Y estoy empezando a sospechar de que se nos considere a todos sospechosos. Creo que es ilegítimo aprovechar tiempos convulsos para rebanar espacios de libertad que los ciudadanos nunca más vamos a recuperar. Lo dicho, “el gran hermano” nos ha fichado y de ahí no sale ya nadie. Solo nos queda la libertad de pensamiento. Pero es mejor no decirlo, por si acaso.

domingo, 2 de abril de 2017

"no tengo tiempo"


Creo que todos coincidimos en que la velocidad de las comunicaciones a través de las nuevas tecnologías se ha trasladado a la vida diaria de las personas. Los mensajes nos llegan a cientos o miles desbordando la capacidad del cerebro para procesarlos. Es como cuando con la edad el cerebro va más rápido que las piernas y el exceso de confianza nos hace caer de bruces. En definitiva,  o nos reseteamos nosotros y nos adecuamos a los nuevos tiempos haciendo un ejercicio selectivo de todo lo que recibimos o caemos en el “no tengo tiempo”, ese comodín que hoy día se utiliza para casi todo. Y es que la inflación de mensajes y ocupaciones requiere un proceso de jerarquización que aunque no nos permita llegar a todo, al menos nos deje abordar con mesura lo realmente importante para nuestras vidas y las de nuestro entorno.
La consecuencia de ese desbarajuste entre todo lo que queremos hacer y el tiempo que le concedemos a cada cosa es que acabamos “robando” el tiempo de los demás, algo habitual en los entornos familiares, supeditados casi siempre a las obligaciones laborales. La que ejerce esa tiranía sobre nuestras vidas no es otra que “la agenda” de cada uno. Unos horarios que establecemos nosotros mismos y que se transforman en un monstruo que nos hace autómatas, fríos, estresados y casi autistas con las cosas sensibles. Pasamos de ser los programadores de nuestro tiempo a ser los programados. Una especie de ciencia ficción en la que las máquinas creadas por el hombre acaban dominando la tierra y a sus habitantes. Comida rápida y mala, reposo con somníferos para que el sueño sea rápido y reparador, veinte minutos de ejercicios a velocidad de vértigo mientras repasamos mentalmente la siguiente tarea…
El día que seamos conscientes de que la agenda la hacemos nosotros mismos, de que somos capaces de organizar racionalmente nuestro tiempo, de que tenemos el mismo tiempo que las demás pero no lo distribuimos adecuadamente, ese día descubriremos la vida y disfrutaremos de ella. Fast or slow life. Nosotros tenemos la capacidad de elección.
No estoy hablando de la conciliación de la vida laboral y familiar, sino de la conciliación con uno mismo y lo que eso significa de compromiso vital con los demás.
Hace muchos años que leí un cuento que se ha convertido con el tiempo en un clásico universal. Michael Ende describía en “Momo” a unos personajes denominados “los hombres grises” que se dedicaban a robar el tiempo a la gente volviéndola egoísta e insensible. El personaje principal de la narración era Momo, una niña abandonada que neutralizaba la acción de los “hombres grises” con el don de escuchar y hacer felices a sus vecinos para que no fueran absorbidos por el tiempo.

Ahora que está de moda la palabra sostenibilidad, procuremos ser sostenibles con nosotros mismos.

historia de una adopción

caminos sinuosos

Todos los caminos en la vida son sinuosos. No hay líneas rectas para avanzar porque los obstáculos surgen estratégicamente. La propia exis...